miércoles, 18 de octubre de 2017

¿Y si Cristina pierde? (editorial del 15/10/17 en No estoy solo)

A días de la elección, el gobierno y el establishment económico dan por descontado el triunfo en la provincia de Buenos Aires, distrito donde no se disputa un senador sino el rumbo del país para la próxima década. Más allá de que ni la encuesta más optimista le otorga un triunfo holgado, lo cierto es que una victoria de Bullrich sobre CFK probablemente acabará con cualquier pretensión de Unidad Ciudadana de erigirse como opción capaz de constituir mayoría, al menos en lo inmediato, y, al mismo tiempo, le dará a Cambiemos una presunta legitimidad para avanzar con las reformas estructurales que los sectores más aventajados exigen y que acabarán condicionando a futuros gobiernos y a generaciones de argentinos. Así, con la economía rebotando y un clima cultural distinto, el gobierno parece estar en su mejor momento, no solo por las fortalezas propias sino sobre todo porque el peronismo está entrampado en su propia atomización. Es que los personalismos, las estrategias electorales y comunicacionales insólitamente erradas se repiten y no hay nada que permita pensar que los responsables de estos errores vayan a cambiar algo el día posterior a la elección.
La situación de Randazzo es una incógnita. Tras la jugada de CFK de presentarse sin el partido, el ex ministro quedó desdibujado y trató de terciar en una interna panperonista en la que no había lugar. En todo caso, sufrió un fenómeno que se repitió contundentemente en estas elecciones, esto es, el fracaso de la política mimética. Con esto me refiero a que entre el original y la copia el electorado se queda con el original. Porque si te interesa la política moralizada y denuncista te quedás con el original Carrió y no con su réplica Stolbizer; y si sos kirchnerista o reivindicás mucho de lo hecho en la anterior administración vas a elegir a CFK y no a su ministro, del mismo modo que si sos un peronista o un antimacrista que no quiere a CFK, tu primera opción va a ser Massa antes que Randazzo. Asimismo, Randazzo también fue castigado en las urnas por otro fenómeno. Me refiero al rechazo a la idea de la política como microemprendimiento. En otras palabras, la sensación es que Randazzo acabó jugando en solitario, de la misma manera que, en la Ciudad de Buenos Aires, juegan “solos” dos candidatos que brillan por su corrección política cool y polite: Martín Lousteau y Matías Tombolini. En el caso de estos últimos, no solo se disputan el mismo electorado, sino que sus vaivenes ideológicos (más marcados en el ex ministro de economía de CFK y Embajador en EEUU de Cambiemos) y su compulsión a la cámara (más marcada en el candidato massista) los convierte en fenómenos pasajeros e inestables.
Volviendo al espacio panperonista, tampoco es fácil definir el futuro de Massa quien supo gozar del apoyo del establishment tras su victoria en 2013 y desde allí no paró de perder votos. Hoy lucha por contener la tropa propia y no caer a un dígito. Adjudicar la caída a las dificultades de transitar la cada vez más angosta avenida del medio es ser condescendiente con quien ha carecido de rumbo ideológico y ha sido incapaz de constituir un armado con identidad y presencia territorial. Aquí, una vez más, la política mimética ha sido castigada pues ese votante antikirchnerista que Massa atrajo gracias a sus diatribas contra “el pasado” hoy se siente más a gusto votando a Cambiemos.
       
En cuanto a CFK, la estrategia de un estilo más pasteurizado que utilizara en las PASO no funcionó para romper el cerco del núcleo duro de sus votantes, aquel que la llevó a ganar la elección con un número inferior a las expectativas pero que nadie puede despreciar. De cara a las elecciones de octubre, ese cerco se intentó romper a través de entrevistas con llegada a públicos diversos y habrá que ver los resultados del domingo para poder afirmar si la estrategia ha sido la adecuada. Mi intuición es que esas apariciones no mueven el amperímetro pero ayudan a debilitar esa figura de Belcebú encarnado que la corporación periodística ha instalado de ella. Más allá de eso, el resultado de la elección será clave para conocer el futuro de la fuerza que lidera. Perder por más de cinco puntos sería impactante y si bien no hay ningún liderazgo dentro del peronismo capaz de hacerle sombra, la obligaría a abrir el juego a la negociación si es que no quiere reducir el kirchnerismo a una fuerza testimonial cuya supervivencia esté afincada en la tercera sección electoral de la Provincia y en un núcleo duro de militancia cibernética. Eso también supondría, claro está, un gesto de los otros actores, los cuales tampoco son muy afectos a negociar con ella y se encuentran agazapados para pasar facturas. Y no solo hablo de gobernadores peronistas a los que el kirchnerismo más duro les ha presentado listas opositoras en sus terruños sino incluso muchos intendentes de Buenos Aires que se han sumado a Unidad Ciudadana por necesidad antes que por convicción. 
Asimismo una derrota confirmaría algunos de los errores que en esta misma columna ya habíamos advertido. El primero fue no haberse quedado con el PJ e incluir a Randazzo en una interna para ganarle holgadamente y obligarlo a “jugar adentro”. Y el segundo error, seguramente impulsado por el núcleo duro que la rodea y que solo a través de ella se garantizaba un piso de votos que le permitiera seguir ocupando espacios, fue exponer a la ex presidente como candidata. Se dirá que no había otro capaz de pelear contra la potencia de Cambiemos y es así pero esa verdad regresa como un boomerang porque desnuda a un kirchnerismo que fue incapaz de generar referentes intermedios que pudieran respaldar o reemplazar a su líder, error que se repite en un armado de listas que, en la Provincia de Buenos Aires, se sirvió de candidatos renovados y valiosos pero sin las espaldas suficientes como para cargar con el peso de una sucesión. Nunca sabremos, porque es un contráfactico, qué hubiera sucedido si CFK se mantenía al margen de esta elección y apoyaba a sus candidatos desde afuera esperando que escampe frente a un Cambiemos que no podrá sostener durante cuatro años el recurso de la “pesada herencia”, pero me atrevo a pensar que el desenlace podría haber sido otro. Porque esta será, probablemente, la última elección que Cambiemos la gane con antikirchnerismo. En las próximas, tendrá que definirse por sí mismo y no por oposición a “lo otro”.

Para finalizar, hoy en día, si se confirmara la derrota que auguran las encuestas y ésta fuera significativa, el kirchnerismo recibiría un golpe del que será difícil levantarse, sobre todo, porque si después del 2015 nos quedó la sensación de que el kirchnerismo no había pensado un plan B y hasta había subestimado los costos de la derrota, al menos tenía la última carta debajo de la manga. Pasados dos años, jugada esa carta, una derrota puede parecerse demasiado al peor escenario.

martes, 10 de octubre de 2017

Cuando matar es un espectáculo (editorial del 8/7/17 en No estoy solo)

Cada vez que sucede un asesinato masivo en Estados Unidos se retoma la discusión sobre la insólitamente permisiva legislación en materia de tenencia de armas. Si bien merecería un artículo aparte desarrollar la cosmovisión expresada en la Segunda Enmienda, esto es, aquella que indica que existe un derecho individual a portar armas, lo cierto es que se calcula que en Estados Unidos hay un arma por habitante. Si bien la legislación varía de Estado en Estado, el caso de Texas sorprende por la ausencia total en materia de regulación: se pueden obtener armas hasta en el supermercado y pagarlas en el mostrador mientras compramos también sopas rápidas y latas de cerveza. Luego podemos llevarlas donde queramos y lo único que se nos exige es no las exhibamos mientras circulamos por el espacio público, compromiso que parece más estético que moral.  
Pero si bien la relación causal entre muerte y proliferación de armas es incontrovertible, hay un elemento que debe mencionarse para complementar y dar cuenta de este particular tipo de hechos. En otras palabras, ¿se puede explicar solamente por la proliferación de armas que un señor llamado Stephen Paddock alquile una suite del piso 32 del Hotel Mandalay Bay para, desde allí, antes de suicidarse, disparar a una multitud y acabar con la vida de decenas de personas que disfrutaban de un recital? Evidentemente no pues lo particular de este hecho, además de la magnitud del daño que puede causar un asesino que había ingresado 23 armas al hotel, es su “espectacularización”.
¿Qué entendemos por tal? Quien mejor lo puede explicar es un filósofo italiano conocido como “Bifo” Berardi, quien en 2015 publicara un libro que en castellano lleva como título Héroes. Asesinato masivo y suicidio y que en su página 32 afirma lo siguiente:
“El asesinato masivo no es algo nuevo. Aun así, la “marca” de este tipo de asesinato masivo que combina una puesta en escena espectacular con las intenciones suicidas de sus artífices, parece caracterizar la transición de nuestra era hacia la nada. De hecho, esta clase de actos, donde se juntan espectáculo, asesinato masivo e intento de suicidio (…), se ha vuelto más frecuente en los últimos 15 años. Es posible detectar en las acciones de muchos asesinos en masa contemporáneos una tendencia al espectáculo que se relaciona en cierta manera con la promesa de Warhol: “en el futuro, todo el mundo será famoso durante 15 minutos”. Es decir, se trata de la necesidad de salir en TV como si esta fuera la única prueba de la existencia de uno”.
La espectacularidad del asesinato masivo, como bien recuerda Berardi, tuvo, a su vez, su éxtasis en aquel demencial hecho por el cual, en un estreno de Batman, allá por 2012, a la media hora de iniciada la película, un espectador que ocupaba un asiento en la primera fila, sale del cine, se dirige a su auto, se pone una máscara anti gas, pantalones y chaleco antibalas, toma sus armas, regresa a la sala y tras arrojar una bomba de gas, abre fuego. Queriendo simular la escena del comic de Batman, James Holmes mata a 12 personas e hiere a decenas. No hay ejemplo más claro en el que el asesinato en masa se vincule a la espectacularización y se solape la ficción con la realidad.
Berardi analiza otros casos, algunos bastante conocidos y encuentra en ellos un denominador común: el poscapitalismo y su tendencia individualizante que, llevando al extremo el darwinismo social, genera sociedades conformadas por depresivos, adictos al trabajo capaces de morir tras exceso de horas extras y dementes que encuentran en la realidad virtual el único refugio en el que pueden ser todo aquello que la realidad cotidiana no les deja ser.
Si bien parece excesivo achacarle todos los males a esta nueva etapa del capitalismo pues, al fin de cuentas, todos vivimos en él y, por suerte, solo algunos esporádicamente cometen algunos de estos asesinatos, no deja de ser cierto que las condiciones de vida en la actualidad, en todo caso, son tierra fértil para que alguno de estos hechos se den. Es más, donde esta espectacularización se expresa con claridad es en la nueva configuración que la sociedad tiene de los héroes. Efectivamente, según la artista visual alemana, Hito Steyerl, desde fines de años 70 existe una nueva forma de entender a “los héroes” que ha quedado bien expuesta en la canción de David Bowie que lleva como título, justamente, “Héroes”. Según la autora, en las páginas 50 y 51 de su libro Los condenados de la pantalla, el auge del neoliberalismo decreta la muerte de los héroes lo cual hace que éstos dejen de ser sujetos para transformase en objetos. Esto significa que el héroe ya no hace revoluciones ni gana una guerra sino que ahora es una imagen, una cosa capaz de ser replicada en una remera, una mercancía imbuida del deseo de ser consumida. Si el héroe es simplemente una imagen despojada de historia, su inmortalidad “ya no se origina en su fuerza para sobrevivir a cualquier prueba, sino en su capacidad de ser fotocopiado, reciclado y reencarnado”.
La policía todavía no pudo esclarecer cuáles fueron los motivos por los cuales Paddock disparó a la multitud, si es que hubo alguno. Lo que en todo caso se puede intuir es que solamente en una sociedad que premia la replicación de la imagen como un valor en sí, el asesino puede creer, en su delirio, que la circulación de la foto de su rostro y las miles de veces que se observaron las filmaciones de los asistentes al concierto durante la masacre, son capaces de convertirlo, durante 15 minutos al menos, en un héroe.           



viernes, 6 de octubre de 2017

Todos mafiosos (editorial del 1/10/17 en No estoy solo)

El gobierno ha dado un giro discursivo que es importante señalar. Tal giro está vinculado a una decisión política que era necesario justificar en la medida en que contrariaba la promesa de pacificar y unir a los argentinos. Hay quienes afirman que el gobierno ha decidido polarizar como una estrategia electoral en 2017 pero la polarización la ha elegido desde el primer día de su mandato estigmatizando a todo aquello que sea visto como adversario político. Dicho en otras palabras, más allá de la estética y los mantra new age, Cambiemos ha planteado un gobierno confrontativo y para este nuevo transitar debe hallar una justificación. ¿Dónde la encontrará? En la idea de “lucha contra las mafias”.
Efectivamente, con una mejora de la macroeconomía que no viene acompañada de una distribución equitativa y todavía no se percibe en toda la sociedad, Cambiemos eligió posicionarse como un gobierno que lucha contra algo y ese algo englobador es “la mafia”. Posicionarse en lucha contra algo brinda una épica que Cambiemos no tenía porque siempre la ha despreciado en tanto supuesto engranaje de una política ideologizada. Pero estando en el poder notó que con la presunta objetiva pulcritud del técnico “ceocrático” no alcanza. Además, que esa lucha sea contra la mafia es enormemente funcional a sus intereses. ¿Por qué? En primer lugar porque, como todo concepto que se arroja a la arena del debate público, se ha transformado en un significante vacío, una palabra capaz de incluir allí colectivos, conductas y sujetos varios; y en segundo lugar porque en la batalla lingüística eligió como enemigo un término incontrovertiblemente negativo en tanto nadie en su sano juicio es capaz de defender una mafia.
Pero aquí es donde surge un elemento peligroso para el debate democrático. Es que al posicionarse el gobierno como “aquel que lucha contra las mafias”, ha hecho algo más y es ubicar a todo adversario político como “mafioso”. Así, la diferencia entre Gobierno, Estado y Ley se borra y el mejor ejemplo es la prédica de Elisa Carrió. Para la diputada, sus adversarios políticos son enemigos ya no de ella ni del gobierno al que representa, sino de la ley, y si son enemigos de la ley, todas las fuerzas del Estado deben estar al servicio de su persecución. Porque para el gobierno, no solo los narcotraficantes o algún grupo específico que actúe controlando clandestinamente un negocio o un territorio son mafiosos, sino que son mafiosos los políticos, los kirchneristas, los sindicatos, los estudiantes que toman colegios, los mapuches, los que cortan la calle, los que hacen una movilización, los abogados laboralistas, los de la Tupac  Amarú, los docentes, los científicos y todo aquel que, con mejores o peores razones, en algún momento, se oponga a alguna medida del gobierno. No se animaron a hablar de la mafia de los que no pueden pagar el tarifazo o desean cobrar un sueldo digno pero cada vez que hay una protesta en ese sentido indican que se trata de una acción espuria en tanto “organizada”.
¿Cómo se transforma un colectivo opositor en mafia? Muy simple: se identifica a alguno individuo de ese colectivo y se lo destruye mediáticamente para que opere la figura retórica de la sinécdoque, esto es, la confusión entre la parte y el todo. ¿Esto significa que estamos elevando al lugar de mártires a sujetos como el “Pata” Medina o a José López? No ¿Entonces supone que aceptamos las premisas del “joneshualismo” mapuche y que celebramos los cortes de ruta y toda toma de un edificio público? Tampoco. ¿Implica estar de acuerdo con algún que otro abogado carancho y esa minoría de maestros que se abusan de las conquistas expuestas en el Estatuto del docente? Menos aún. Solo busco decir que la selección de determinados casos, algunos de ellos incontrovertiblemente mafiosos, busca ubicar a todo adversario político en el lugar de lo corrupto, lo violento y lo clandestino. Así, atacando al “Pata” Medina no se busca atacar a un mafioso sino dejar entrever que sindicalismo es igual a “mafia”, misma operación que se produce cuando se intenta equiparar “toma de colegio” con “abuso sexual”, “reivindicación de tierras” con “terrorismo internacional”, o “modelo redistributivo y Estado presente” con “corrupción”.    
Incluso se puede ir un paso más allá y observar que lo que se busca es un ataque a cualquier tipo de colectivización o idea de comunidad porque la única noción de agrupamiento que concibe el gobierno es la del “vecino”, esto es, un individuo con el cual lo único que nos une es una circunstancial contigüidad territorial. 
Para finalizar, el hecho de que todo aquello que se oponga al gobierno sea englobado en una mafia se expresa en la obsesión que la prensa oficialista tiene por la delación. O sea, si todos son mafiosos y lo propio de la mafia es la omertá, esto es, el pacto de silencio, solo resta exigir la confesión. Así, “quebrarse” es el precio que hay que pagar por dejar de recibir la extorsión mediática que cae sobre el señalado o sobre sus familiares si se está preso; y arrepentirse es el precio que hay que pagar si se está libre y se quiere tener un espacio en los medios y en la corporación política.

jueves, 28 de septiembre de 2017

La grieta y las nuevas leyes de Godwin (editorial del 24/9/17 en No estoy solo)

Allá por 1990, cuando los debates online recién comenzaban, un abogado estadounidense llamado Mike Godwin, notó un fenómeno que se repetía constantemente y lo enunció en forma de una ley que acabaría llevando su nombre. ¿De qué se trata esta ley? En la formulación más simple indica que “a medida que una discusión online se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación con Hitler o se mencione a los nazis tiende a uno”. Pero lo que a Godwin le interesó es que la referencia a Hitler o a los nazis, esto es, a aquello que nadie podría defender o matizar, acaba cancelando toda discusión. Porque decir que la opinión de X es nazi o que una acción de Macri o CFK es genocida, lejos de invitar a la reflexión, pone un punto final al intercambio de argumentos.
Lo curioso es que en la Argentina, no solo en el ámbito de las discusiones entre foristas en redes sociales, sino entre el panelismo que inunda horas y horas de pantalla de TV, se recurre a una ley primo hermana de la de Godwin. En este caso, la ley cumple el objetivo de cancelación del debate pero a diferencia de la primera viene en forma de pregunta y cualquier respuesta que se le dé a la misma conlleva cargarse una enorme cantidad de sentencias, falacias y prejuicios. La pregunta no incluye nazis pero refiere a los años más oscuros de la Argentina y se formula así: ¿Macri es la dictadura?
¿Por qué esta pregunta cancela el debate? En términos generales porque, en Argentina, “la dictadura” cumple la misma función que “los nazis” o “Hitler”, es decir, cualquier cosa que acabe emparentada con la dictadura resulta, por buenas razones, indefendible; y, en términos más específicos, porque emparentar este gobierno con la dictadura hace que uno acabe ubicado en una suerte de fundamentalismo que no solo no entiende las particularidades del gobierno de Macri sino que, parecería, tampoco entiende qué fue la dictadura. Sin embargo, -he aquí la trampa bastante sutil-, si la respuesta a la pregunta es negativa, esto es, si se considera que Macri no es la dictadura, por razones insondables, de repente, se nos obliga a aceptar que en la Argentina del año 2017, el Estado de Derecho es pleno y la democracia goza de un vigor envidiable.
En mi caso particular, varias veces he indicado que Macri no es la dictadura pero eso no me compromete con el diagnóstico opuesto, esto es, con la afirmación de que en el actual gobierno las instituciones republicanas funcionan con el equilibrio adecuado, que las fuerzas de seguridad se encuentran profundamente comprometidas con las políticas de Derechos Humanos y que el poder judicial está actuando con imparcialidad cuando se trata de casos con relevancia política.      
Y en el caso de los medios de comunicación sucede algo similar pues cuando alguien señala afectaciones a la libertad de expresión surge la pregunta cancelatoria: ¿Vos creés que Macri persigue las voces disidentes como hacía la dictadura? Y no, no lo creo, pero sí creo que la oligopolización de la comunicación se está profundizando tras la modificación de la ley de medios y que existe una decisión política de acallar cualquier voz que ose desafiar a los poderes fácticos. ¿Acaso ha habido aprietes, amenazas o atentados contra periodistas opositores? No más que en otros gobiernos seguramente, pero lo distintivo de esta etapa de la democracia es que es posible acallar voces con el ahogo financiero y el acuerdo con empresas ofreciendo espacios en determinados medios a cambio de no anunciar en otros. Esto es lo que explica que programas o medios con línea no oficialista con alta audiencia carezcan del apoyo de las grandes empresas lo que, sumado al recorte arbitrario de la pauta oficial, condena al fracaso cualquier intento de crear un medio vigoroso capaz de disputar agenda. Así, a los otrora periodistas oficialistas les ha tronado el escarmiento y ya no tienen lugar en los medios lo cual funciona como un acto de disciplinamiento para cualquiera que intente transitar ese sendero de aquí en más. Pero los periodistas que durante el kirchnerismo eran opositores y realizaban sus performances de víctimas afirmando que sus canales “podían desaparecer”, nunca desaparecieron y la pauta oficial que cobraban hoy se transformó en millonaria. Es más, algunos de ellos se han transformado directamente en empleados de los medios estatales aunque, por suerte, nadie los somete a la indigna pregunta acerca de cuál es su sueldo, pregunta que, claro está, conllevaba la sospecha de que lo que se decía se sostenía por estar “comprado”. Porque periodistas que coincidieran con un gobierno había durante el kirchnerismo y los hay durante el macrismo. La diferencia es que se instaló que todo periodista que coincidiera con el kirchnerismo lo hacía por razones militantes mientras que todo el que coincide con el actual gobierno lo hace por razones independientes. Se da así una particular curiosidad: los periodistas oficialistas de hoy piensan lo mismo que el gobierno pero lo logran de manera independiente, es decir, son facciosos a través de la neutralidad, la objetividad y la imparcialidad.     
Hacer esta crítica no supone avalar la política comunicacional del kirchnerismo ni al “periodismo militante” si es que alguien puede definir qué se entiende por tal. De hecho, he llamado la atención en reiteradas ocasiones acerca del error comunicacional del kirchnerismo que, tras salir de la administración, pasó a buscar “su propio Lanata” y considera que se puede esmerilar al actual gobierno gracias al denuncismo indignado con que la corporación periodística atacó y ataca a todo lo que rodee el espacio liderado por CFK. Pero el actual gobierno, que no es la dictadura, claro está, avanza con torpeza y a veces con vehemencia, sobre sectores que alzan una voz disidente y allí la frontera entre corporación periodística y gobierno se difumina y se hace borrosa, lo cual es verdaderamente preocupante porque la corporación periodística ya está cerrando su grieta. ¿Cómo? Creando un exterior constitutivo, esto es, dejando afuera de la corporación a aquellos que la propia corporación identifica como “militantes” o “no periodistas” y por tal se entiende todo aquel que ose criticar al periodismo mainstream. En algún sentido, lo que sucede es que el periodismo tiene su propia ley de Godwin, la cual no hace referencia a los nazis sino a “678”. Así, han logrado que emparentar a un periodista con “678” suponga una descalificación tal como la que opera cuando en las discusiones online alguien hace referencia a los nazis. Esa descalificación incluso va más allá del ámbito de los medios y se extiende a cualquier otra persona a la cual se desee descalificar (basta recordar, en este aspecto, el debate presidencial de 2015 en el que el candidato Macri interpelara al candidato Scioli espetándole haberse convertido en un panelista de 678).  
Para concluir, entonces, la grieta en la corporación periodística se va cerrando. Primero se cerró en los medios del Estado gracias a la acción del gobierno y ahora se va a cerrar acallando a los disidentes que subsistían en empresas privadas. En este caso, la acción del gobierno es central pero tampoco nos olvidemos de la complicidad de las empresas periodísticas, aun de las que parecen tener una línea editorial crítica.

En cuanto a la grieta política, también se va cerrando y, en ese sentido, el gobierno intenta cumplir su promesa. Lo que todavía no se sabe es si la grieta la va a cerrar consensuando en el marco del diálogo democrático o la va a cerrar silenciando al adversario político. 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Mito y sobrevaloración de la entrevista (editorial del 17/9/17)

La inmensa lista de zonzos que afirmaba que CFK no brindaría entrevistas a periodistas y medios antikirchneristas para evitar preguntas incómodas, debieron hacer silencio ante una nueva confirmación de que, en lo que respecta a capacidad oratoria, es muy difícil doblegar a la expresidente. El marco fue el portal oficialista Infobae y el periodista a cargo fue Luis Novaresio quien realizó la entrevista con la agenda del establishment mediático, supo repreguntar y discrepó aunque dejando hablar y sin hacer de la entrevista un debate. En tiempos de “periodismo de guerra” no es poco.
CFK respondió holgadamente a todas las preguntas, pero más allá del contenido de las respuestas, que la entrevista haya sido el acontecimiento político de la semana, tiene que ver con dos cosas. Por un lado, que no se recuerda a CFK sentada frente a un periodista con una ideología poco afín y, por otro lado, que, en los últimos años, la corporación periodística le dio a los debates, las entrevistas y a las conferencias de prensa una importancia desmedida.
En este sentido, siempre sostuve que no puede ser dañino que un mandatario se someta periódicamente a la interacción con periodistas o referentes de otras fuerzas y que la decisión de no exponerse a esa puesta en escena, aunque bien fundamentado, acababa siendo funcional a quienes buscaban identificar al kirchnerismo con una secta hermética. Sin embargo de aquí no se sigue que este tipo de intervenciones públicas seas esenciales para las instituciones, la república y la democracia. No solo porque en pleno siglo XXI un gobernante posee modos diversos y muchos más directos para comunicar sino, sobre todo, porque es falso que la pregunta del periodista sea representativa de las necesidades de la población. En este sentido, la entrevista de Nicolás Repetto encapuchado frente a un referente mapuche que los medios presentan alternativamente como el Belcebú que amenaza la integridad territorial y espiritual de la nación, o como un flogger, es menos patética por la capucha que por el hecho de que Repetto se haya presentado como referente capaz de percibir cómo siente y ve “la gente”.    
Sabemos que en la tradición occidental, desde la época de Sócrates, el diálogo interpelante apareció como vehículo natural del surgimiento de la verdad y ese esquema lo ha adoptado, sin más, el periodismo. Así se nos quiere hacer creer que las preguntas del periodista son el canal hacia el esclarecimiento de una sociedad que necesita del periodista en tanto médium entre la ignorancia y la verdad. Pero hay que estar atentos a esos mitos de origen creados por la propia corporación periodística para erigirse en un lugar de legitimidad. De hecho, recuerdo haber escrito algunas líneas hace ya unos años tras el famoso “queremos preguntar” organizado por Lanata y sus adláteres para señalar que, a diferencia del preguntar socrático que se hacía desde la ignorancia, el preguntar del periodismo en la actualidad se hace desde la sentencia, desde la expresión de una línea editorial que se quiere hacer pasar por aséptica.  No se busca llegar a la verdad sino obtener un título, esto es, una mercancía y, eventualmente, sacar rédito político de una pregunta hecha con mala fe. Si a Sócrates le decían “el tábano” porque con sus preguntas “picaba” y molestaba como lo hacen esos insectos, la figura adecuada para buena parte del periodismo de hoy es la mosca, más por el hábitat en el que se siente a gusto que por su capacidad de incomodar.
Asimismo, ya que de griegos hablamos, otro elemento que cierto periodismo enarbola es el de la parresía, entendiendo por tal el coraje de decir la verdad poniendo la vida en riesgo. Porque decirle la verdad a un débil es fácil. Lo que es difícil es decirle la verdad en la cara a un poderoso pues allí se pone en juego la continuidad de nuestras existencias. Tiene buena prensa escenificar una presunta heroicidad del periodismo pero lo cierto es que quienes más pretenden erigirse como parresiastas son aquellos que en general trabajan desde y al servicio de los poderes fácticos. Así, todavía espero que los que querían preguntar les pregunten a los dueños de los medios para los que trabajan. Seguramente no lo harán encapuchados ni tampoco se animen a hacerlo con un guante blanco.
Con todo, es justo decir que la sobrevaloración de las entrevistas, los debates y las conferencias de prensa no solo es atribuible a los periodistas sino también a los propios políticos que tienen el prejuicio iluminista de creer que a través de la palabra, en un estudio de TV o en un atril, en medio de chicanas y cruces con mala fe, es posible construir mayorías electorales. Sencillamente se equivocan porque los debates o los intercambios entre adversarios políticos expresan para la audiencia una suerte de ring en el que ya se ha tomado partido por uno de los contrincantes previamente y difícilmente algo de lo que allí se diga logre cambiar esa toma de posición previa.      

Por todo esto es que es altamente improbable que CFK gane votos por mostrarse más abierta a responder a este tipo de entrevistas. También, claro está, es altamente improbable que esta apertura le quite votos. De hecho, en un sentido, esta apertura puede comprenderse como una continuidad de la campaña pasteurizada y bastante desideologizada de las PASO que no le acercó ni le restó votos pero, en todo caso, parecería revelar que CFK entiende que alguno de los modos de ella como del kirchnerismo en general pudieron haber hecho que ciertos votantes se alejaran. Y, es más, estoy tentado a pensar que, contrariamente a lo que se supone, la entrevista sea más importante para los propios que para los ajenos en tanto genera mística verla a ella al frente de la campaña y dando muestras de elocuencia ante las preguntas que el kirchnerismo, decían, no quería responder. El veredicto lo dará la elección de octubre pero lo que allí suceda no dependerá de una entrevista más o una entrevista menos.