viernes, 16 de febrero de 2018

Unidos por el espanto (y con Cristina adentro) [editorial del 11/2/18 en No estoy solo]


El último jueves 8 de febrero confluyeron en la sede de la UMET distintos sectores del peronismo. El hecho es novedoso porque en un mismo escenario se pudo ver a los principales referentes del kirchnerismo, el massismo y el randazzismo acompañados por intendentes, diputados, senadores y hasta un gobernador. Por supuesto, no es un dato menor la ausencia de los líderes de cada espacio pero puede tratarse de una decisión razonable en la medida en que el mayor enfrentamiento, adoptando, por momentos, un tono casi personal, se da entre esos liderazgos y no entre las líneas que siguen. Porque, salvo algunos casos puntuales, digamos que entre Agustín Rossi, Felipe Solá y Alberto Fernández, por ejemplo, hay muchísimo en común más allá de que distintas circunstancias hayan hecho que circularan por senderos diversos en los últimos años. Por otra parte, para Massa y Randazzo es difícil intentar aparecer como líderes de una unidad por razones estrictamente electorales, esto es, porque hicieron una pésima elección. El caso de CFK es más complejo pues se puede someter a discusión hasta qué punto su elección fue buena o no. A juzgar por el apoyo con el que se despidió de la administración en 2015, la elección de 2017 fue mala. Pero tomando en cuenta el aparato político, económico, mediático y judicial que enfrentó, nadie puede subestimar ese caudal de votos en la provincia de Buenos Aires. Con todo, si miramos el mapa entero, más allá de la provincia, el kirchnerismo tuvo, salvo honrosas excepciones, una participación testimonial y en algunos casos enfrentando a los gobiernos peronistas locales. Como en su momento indiqué, y lo hice con el “diario del viernes”, consideré un error que CFK se presentara a elecciones porque eso le daría a Cambiemos el “rival perfecto” y porque jugaba, en una elección de medio término, la mejor carta sin plan B. ¿Por qué el rival perfecto? Porque Cambiemos ha entendido la política en términos temporales, futuro versus pasado y, claro está, por ahora, se ha apropiado del futuro, lo cual lo transforma en un competidor casi invencible porque ningún supuesto pasado le gana a un supuesto futuro. En cuanto a por qué CFK es la mejor carta no hace falta agregar demasiado: veamos, si no, la enorme dificultad que tuvo el kirchnerismo en lo que a sucesión refiere y qué difícil le resultó encontrar candidatos propios para la Ciudad de Buenos Aires y los principales distritos del país.
Quizás por haber hecho una lectura similar tras la derrota de octubre, CFK ha mantenido el perfil bajo después de su asunción en el Senado incluso en aquellos días en los que se votó una baja en las percepciones de los jubilados y de aquellos que reciben la AUH mientras, en las calles, se vivía un clima de enorme violencia.   
Dicho esto, el espíritu del encuentro puede sintetizarse en dos frases que se escucharon por allí y que resumen el modo en que el peronismo trata de posicionarse de cara al 2019. La primera es: “El único límite es Cambiemos”. Y la segunda es: “Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede”. En buen criollo: unidos por el espanto (y con Cristina adentro). Solo en ese marco puede entenderse el viraje de Hugo Moyano reconociendo públicamente que aceptaría una invitación de CFK y su acercamiento hacia los gremios más kirchneristas en una postal inimaginable hasta hace muy poco tiempo.
Con todo, digamos que el escenario no es apto para ansiosos porque es muy difícil que una fuerza que recibió una derrota durísima en 2015 y confirmada en 2017 tenga, a los pocos meses de la última elección, resuelto sus alianzas, candidaturas y el modo de posicionarse como oposición frente a un adversario que no da respiro y que literalmente “va por todo”. Pensemos si no en lo que era la oposición a CFK a meses de la elección de 2015 cuando los grandes editorialistas exigían a Macri y a Massa que se unieran como la única manera de vencer al oficialismo. Frente a ello, astutamente, y conociendo las herramientas electorales que el propio kirchnerismo había creado, Cambiemos jugó a llegar a la segunda vuelta apostando a una polarización que finalmente le dio resultado. Aquí es todo muy prematuro pero no resulta descabellado pensar que el kirchnerismo recapacitara y aceptara jugar una interna frente a un randazzismo que siempre la exigió aun sabiéndose perdidoso y a un massismo que no tendrá alternativa si es que no desea evanescerse en la ancha avenida de la nada. Ese escenario hoy favorecería a CFK en la interna pero yo no descartaría un acuerdo por el cual los distintos espacios pudieran consensuar un candidato “tapado”, quizás algún gobernador, impulsado por una ex presidenta como candidata a gobernadora de la Provincia de Buenos Aires. Si CFK “bajara” a la Provincia, en un mano a mano con Vidal sin balotaje, el resultado sería abierto y obligaría a la actual gobernadora a “embarrarse” en el contexto en el que un Macri cada vez más errático en lo económico pierde imagen positiva.
Para finalizar, una pequeña reflexión pues tras la última elección compartí con ustedes un parecer: la foto política del momento es un Macri reelecto y una Vidal reelecta. Hoy no hay nada que permita pensar lo contrario pero la película siguió avanzando y el viento de cola postelectoral se le ha evaporado detrás de la quita a los jubilados y del escándalo Triaca que insólitamente no le costó la cabeza al ministro aunque sí a 10 familiares de funcionarios en una medida demagógica si las hay. Digamos, entonces, que el gobierno naturalmente va a seguir perdiendo votos. Para enfrentar ello es necesario un acuerdo de cúpulas y de referentes, y un proyecto con una serie de principios básicos tal como se intenta avanzar en encuentros como los de la UMET y en muchísimos otros que se vienen dando. Pero sobre todo se necesita una mejora en la capacidad de escucha y cuando digo eso me refiero a la actitud de cierto progresismo indignado frente a casos como el de Chocobar o frente a la política gubernamental de ingreso de las Low Cost. Puntualmente, si al ciudadano que defiende la indefendible acción de Chocobar lo vamos a acusar de ser “prodictadura” y al que quiere viajar en una Low Cost lo acusamos de traidor a los cielos soberanos porque quiere viajar más barato aunque de esa manera afecte el empleo argentino, (del mismo modo que acusábamos de traidor a la patria grande a quien quería comprar dólares hace unos años), no haremos otra cosa que saludar a una tribuna propia cada vez más autorreferencial. En este sentido, la oposición parece no haber comprendido que hay que dejar de enojarse con el votante y que el voto a Cambiemos se ha basado más en razones culturales, emocionales, ideológicos y morales, que en razones económicas. Por ello, si no se es más receptivo a algunas demandas objetivas, lo cual no significa hacer lo que la encuesta o el focus group quiera o aceptar, sin más, los caprichos de mayorías eventualmente derechizadas, la oposición podrá ganar identidad, pero renunciará por mucho tiempo a ganar una elección.          
  


lunes, 12 de febrero de 2018

Facebook o muerte (publicado el 8/2/18 en www.disidentia.com)

A pesar de no tener ninguna pretensión de texto científico o analítico, torpe sería prescindir de las herramientas que nos brinda 1984, la novela distópica que George Orwell publicara en 1949, si nuestra pretensión es la de dar cuenta de una gran cantidad de fenómenos y procesos que se desarrollaron durante el siglo XX. Sin embargo, aunque muchas de las ideas allí presentes siguen teniendo potencia esclarecedora, lo cierto es que, al menos desde la década del 80 del siglo pasado, se vienen acelerando una serie de cambios que requieren abordajes novedosos.      
Con todo, comencemos teniendo en cuenta que la figura emblemática de aquella novela, El Gran Hermano, remite, casi de manera natural, al famoso panóptico de Bentham, que, a su vez, es la figura elegida por el filósofo francés Michel Foucault para describir lo que él denomina “sociedad disciplinaria”. Como indica la etimología de la palabra, una estructura panóptica es aquella constituida de modo tal que todo puede ser visto. En el caso de Bentham, él hablaba de una cárcel en la que, desde la torre principal, un guardián pudiera observar las acciones de cada uno de los presos en sus celdas. La particularidad de esta estructura es que los prisioneros no pueden verse entre sí ni tampoco ver al guardián. La visibilidad es unívoca: solo uno (el guardián) puede ver sin ser visto. Esto trae consecuencias que cualquiera habrá experimentado sin haber estado necesariamente en la cárcel. Me refiero al modo en que actuamos sabiéndonos potencialmente vigilados. Dicho de otra manera, la eficacia del panóptico está en que los prisioneros, al no poder observar si se los vigila, actúan como si lo estuviesen, de modo que la estructura es eficaz aun cuando no hubiera vigilante observando. Pensemos, si no, en el efecto disuasivo de las cámaras de seguridad. Éstas son efectivas incluso cuando en la central de monitoreo no haya nadie. Así, el solo hecho de la existencia de la cámara, es decir, de una tecnología que permita ver sin ser visto, hace que el delincuente se comporte “como si” estuviese siendo observado.
Foucault cree que este modelo de la cárcel panóptica es representativo de un tipo de sociedad que llamará “disciplinaria” y que tuvo plena vigencia en los siglos xviii, xix y parte del xx. Es que, para Foucault, la sociedad disciplinaria se caracteriza por distintas instituciones de encierro. Esto incluye no solo a la cárcel sino a la escuela, la fábrica, el ejército, el hospital y hasta la propia casa. Todas estas instituciones regulan nuestra vida, nuestros cuerpos, haciéndolos dóciles gracias a un dispositivo que concentra a los individuos, los distribuye en el espacio, les impone un tiempo y los obliga a maximizar su productividad constituyendo, a su vez, un tipo particular de subjetividad.
Aunque todas estas instituciones de encierro siguen existiendo, otro filósofo francés, Gilles Deleuze, advirtió en el año 1990 una crisis del modelo disciplinario y una transición hacia un tipo de sociedad nueva: la sociedad de control. En ésta, la tendencia ya no es al encierro. Más bien la sensación es la contraria, y la gran paradoja es que las sociedades de control parecen ser sociedades de la plena libertad, pues no hace falta ir a la fábrica ya que podemos trabajar desde nuestras propias casas; no tenemos que asistir a la universidad  porque a través de la computadora nos podemos formar con cursos virtuales a distancia; gracias a la automedicación o a diversos tratamientos evitamos acudir a centros asistenciales salvo alguna situación excepcional, y hasta algunos presos pueden permanecer en libertad mientras se monitorean sus pasos gracias a las tobilleras electrónicas.
El paso de la sociedad disciplinaria a la de control acompaña también el cambio del capitalismo clásico al poscapitalismo. Se abandona así un proceso de producción y acumulación en el que a lo largo de nuestro día y nuestra vida pasamos de una institución de encierro a otra y en el que nos constituimos como individuos, para adoptar un proceso en el que lo que importa es el acceso a servicios, la especulación financiera y en el que, sin haber encierro, el control no cesa. En otras palabras, no salimos y entramos a instituciones de encierro pero todo el tiempo estamos controlados, incluso creyendo que somos libres.
Una institución de encierro como la fábrica tenía una localización, un espacio, y el trabajo que allí se desarrollaba ocupaba determinada cantidad de horas ante la atenta mirada del jefe. Hoy muchos pueden trabajar desde sus casas, despeinados y en pantuflas pero trabajan por objetivos que pueden llevar mucho más que las horas de trabajo que tenía un obrero. El jefe no está presente en persona pero está presente todo el tiempo en la medida en que el empleado tiene un celular abierto por el cual puede recibir directivas las veinticuatro horas del día. Está en su casa y parece libre. Pero está más controlado que nunca y siempre tiene una deuda, en cuanto constantemente se le puede pedir más. El encierro, en determinados interregnos, está ausente. El control, en cambio, no cesa nunca. De aquí que Deleuze afirme que el Hombre ya no es el “Hombre encerrado” sino el “Hombre endeudado” que carga con una suerte de moratoria ilimitada que lo ata a ser un deudor eterno.
¿La caracterización deleuziana es útil para pensar hoy? Absolutamente. Pero dentro del paradigma de las sociedades de control, resultará útil agregar lo que, con el filósofo coreano Byung-Chul Han, denominaremos “panóptico digital”. Para comprender mejor ello, nos puede servir hacer una comparativa con el Gran Hermano de Orwell, que, como indicábamos al principio, era representativo de la sociedad disciplinaria que describía Foucault.
En primer lugar, en 1984, el Partido utilizaba la tortura como modo de conseguir información, obtener delaciones y constituir subjetividades. En cambio, la era digital, lejos de torturarte, promueve que te comuniques y que consumas. No te restringe. Te invita. Así lo dice el propio Han en las páginas 29 y 30 de la edición castellana de su libro Psicopolítica:

El poder inteligente […]. No enfrenta al sujeto. Le da facilidades. El poder inteligente se ajusta a la psique en lugar de disciplinarla y someterla a coacciones y prohibiciones. No nos impone ningún silencio. Al contrario: nos exige compartir, participar, comunicar nuestras opiniones, necesidades, deseos y preferencia; esto es, contar nuestra vida. Este poder amable es más poderoso que el poder represivo. Escapa a toda visibilidad. […] La diferencia entre el viejo capitalismo y el nuevo es el Me gusta. Es decir, el viejo te prohibía disciplinariamente, en cambio este te seduce.

En segundo lugar, podríamos detenernos en la interesantísima labor del Ministerio de la Verdad en 1984 para preguntarnos si hace falta manipular hoy el pasado. El interrogante es pertinente porque tanto en Argentina como en España, por ejemplo, existen enormes controversias respecto a perspectivas revisionistas de la historia que son acusadas de acomodaticias con las necesidades del presente.
Según Han, la técnica del poder neoliberal que seduce y aparenta otorgar libertades no necesita controlar el pasado porque controla psicopolíticamente el futuro. No estoy de acuerdo con tal afirmación pues el futuro es, en un sentido, un tiempo que el actual capitalismo ha destruido y que solo aparece como comodín justificador de algún plan de ajuste en el presente. El único tiempo verdaderamente existente para el capitalismo actual es el presente, porque todo debe ser consumido de manera inmediata y porque lo esencial de la circulación de signos es la deshistorización y la descontextualización, los hechos como meras sumatorias de “y” sin conexión alguna con lo pasado ni con aquello que estaría por venir. ¿Para qué manipular el pasado si todo lo que vivimos es continuo presente?
Por último, quisiera reflexionar acerca de la internalización de la vigilancia que suponía el panóptico de Bentham, pues resulta claro que tal idea no es aplicable al panóptico digital. Los reclusos acomodaban sus comportamientos porque se sabían potencialmente vigilados en cuanto eran cuerpos “puestos a la vista”. Hoy en día, millones de personas en el mundo exponen sus vidas en las redes sociales contándole al mundo entero su vida, sus deseos, sus fracasos, y atiborrando de selfies un universo cada vez más onanista. Son reclusos voluntarios de las redes, porque nadie los obliga a brindar información y consideran que salirse de ellas es estar “afuera del mundo”. El gran temor de las distopías clásicas aquí descriptas era la posibilidad de ser controlado y observado todo el tiempo, era la posibilidad de que nos extrajeran información. En el mundo actual el gran temor es a no ser visto, a ser ignorado, a tener menos “Me Gusta” que mi amigo y a tener menos amigos virtuales que mi vecino; el gran temor es que la información que voluntariamente quiero brindar sea pasada por alto. Y lo más curioso es que, en un mundo donde todos creemos conocer las grandes conspiraciones, lo cierto es que, a diferencia de los prisioneros de la cárcel de Bentham, no nos sentimos vigilados. Nos creemos libres a pesar de que ahora el vigilante no está arriba de la torre. Es más: el vigilante tampoco es el servicio de inteligencia ni el señor dueño de Facebook. Es mucho más simple el asunto: el control está en cualquiera. De hecho, en las redes sociales, todos funcionamos como control de los otros. De aquí que sea un control sin centro pero mucho más afectivo en cuanto la gran trampa es que ahora los reclusos pueden verse entre sí y, de hecho, están hipercomunicados. El control actual, entonces, no está en el aislamiento ni en la compartimentación, sino justamente en todo lo contrario, en abrir el juego a la visibilidad total y en plantear que es necesario y deseable exhibirse tal cual uno es en sus perfiles.
En el marco de Estados totalitarios exigíamos nuestros derechos individuales contra la ubicuidad bestial de quienes por razones políticas, religiosas o sexuales eran capaces de meterse hasta en nuestras camas. Se luchaba por diseñar la esfera del goce de determinados derechos que no podían ser invadidos por la esfera estatal. Hoy, en tiempos de las dictaduras de mercado y las censuras moralizantes de la corrección política, generaciones enteras claman por el derecho a acceder a una red social para poder exhibirse y ser libres. De hecho, hay quienes dicen que, en breve, observaremos una pintada en algún muro (real o digital) que rezará: “Facebook o Muerte. Venceremos”.




martes, 6 de febrero de 2018

¿La muerte del trabajador? (Editorial del 4/2/18 en No estoy solo)

Se nos invita a hablar de Hugo Moyano quien repentinamente volvió a ser negro, peronista, apretador, corrupto y cómplice de barra bravas, características que había perdido cuando también repentinamente se había hecho un férreo opositor al gobierno de CFK. También se nos dice que la marcha convocada por Moyano es política y en eso nadie falta a la verdad más allá de que cuando utilizan esa categoría nos quieren indicar que no habría ninguna razón para que un gremio y sus trabajadores hagan una movilización. Y esto último es objetivamente falso. Lo que no se nos dice es que cuando Moyano no marchaba también estaba haciendo política como hacía política en los 90 cuando protestaba contra el ajuste y como hacía política algunos años atrás cuando marchaba contra el impuesto a las ganancias que hoy sigue más vigente que nunca y por el cual ya no marcha porque lo hace por razones más urgentes. Pero más allá de la enorme potencia del gremio Camioneros y las tensiones al interior de una CGT cuya conducción no convence y está siempre al filo de la ruptura, los puntos recién enumerados son elementos coyunturales sobre los cuales podemos realizar análisis diarios o semanales pero que dejan de soslayo la disputa conceptual de fondo. 
Porque ideológicamente hablando el gobierno no solo va en contra de los trabajadores de carne y hueso, sino que va contra la noción misma de trabajador, lo cual, por cierto, transforma la iniciativa en algo tan dramático como interesante. En este sentido, el gobierno ganará o perderá una negociación paritaria, logrará o no avanzar con una reforma laboral, pero, en última instancia,  apunta a otra cosa. Es que acabar con la noción de trabajador es más urgente incluso que la destrucción que se intenta de los gremios cuando se caza selectivamente y se exhiben las obscenas fortunas de algunos dirigentes. De hecho, haciendo algo de memoria, pienso que ni siquiera es casual que la palabra “trabajador” apenas aparezca en el vocabulario de los principales referentes de Cambiemos. Se habla de “los que menos tienen” pero no suelen aparecer “los trabajadores”. Esto obedece no solo a una jerga “no peronista” sino a al menos dos elementos. El más importante trasciende largamente al gobierno de Macri y es un fenómeno mundial que lleva décadas. Me refiero a la transformación del propio capitalismo y del mercado laboral con los consecuentes cambios sociales que esto trae aparejado en materia de identidades, vínculos, etc. Es que cambió el tipo de producción, es menor la mano de obra que se requiere, crecieron los servicios y el tipo de consumo también es distinto. Frente a ello, las condiciones laborales de todos los trabajadores del mundo se vieron afectadas si bien en aquellos países como Argentina, con una tradición fuerte de sindicatos y de una identidad vinculada a ellos, la pérdida fue comparativamente menor. Se trata de países que son vistos como “de alto costo laboral”, eufemismo por el cual debería entenderse “países donde se explota menos a los laburantes o se los explota por un sueldo más alto medido en dólares”.
El otro elemento sí atañe directamente al gobierno de Cambiemos porque a ese espíritu de época o a este momento particular del capitalismo, le agrega la decisión política de avanzar en una transformación cultural que refiere a distintos aspectos pero que en el caso del área específica a la que hacemos referencia, y como les decía alguna líneas antes, busca eliminar la noción misma de trabajador.    
Esto no tiene que ver con que la gente no trabaje más sino con que la noción de trabajador supone, para el gobierno, identidad, pertenencia, agremiación y derechos, factores de poder que afectan el modelo de país impulsado desde el establishment. Frente a eso, siguiendo el manual libertariano antiestatista, proponen contratos igualitarios entre empleado y empleador, sin mediación alguna, como si tal contrato fuera entre iguales, y proponen como figura alternativa la de “el emprendedor”. Y en este punto me quiero detener porque mucho suele hablarse de este cambio pero pocos comprenden que lo que se quiere resaltar con la noción de emprendedor es menos su arrojo, esfuerzo y eventual capacidad de innovación que el hecho de que todo eso se haga sin exigir agremiación ni derechos ni protección alguna del Estado. La fantasía de una sociedad de propietarios devino ahora una utopía de sociedad de monotributistas emprendedores que es una sociedad sin trabajadores donde cada uno es el explotador de sí mismo y, en tanto tal, no se asume como perteneciendo a ningún colectivo ni se pretende intervención alguna del Estado porque no se lo cree necesario y porque incluso se cree que no sería justo ni merecido. El emprendedor, entonces, ni siquiera es un trabajador low cost porque no se asume trabajador y en tanto no se asume como tal tampoco asume para sí un derecho porque se ha instalado que un derecho es una prerrogativa o una ventaja. De hecho, hasta se golpea el pecho vanagloriándose de su supervivencia bajo la ley inclemente del mercado, lo cual exhibe como un triunfo meritocrático. Es más, porque el trabajador ya no se considera trabajador, no ve al que no tiene laburo como un laburante desempleado. Lo ve como un vago que vive de los otros o del Estado, lo que es lo mismo. Porque lo otro del emprendedor que se explota a sí mismo no es un desocupado sino un fracasado en la carrera meritocrática y solo fracasa aquel que no se ha esforzado lo suficiente.

Es que para el poscapitalismo, desde hace tiempo, el trabajador ha muerto. Ahora solo resta convencer de ello a los propios trabajadores.        

lunes, 29 de enero de 2018

El cinismo actual: al servicio del poder (publicado el 25/1/18 en www.disidentia.com)

El cinismo actual, esto es, la mentira a sabiendas y la defensa de lo indefendible con pleno descaro, dista mucho de la actitud cínica originaria que tuvo en Diógenes a su máximo exponente, allá por la época de apogeo del imperio de Alejandro Magno. Diógenes, apodado “el perro”, utilizaba la burla, la ironía y la insolencia como un desafío a la cultura imperante y al poderoso. Hoy, en cambio, es esa cultura imperante y ese poder el que se burla, ironiza y se muestra insolente frente al que está en una posición de debilidad. Desarrollar este camino de transformación es el motivo de estas líneas.
Comencemos aclarando que referirse a los cínicos es difícil porque algunos los llaman filósofos pero, sin duda, se comportan de manera muy distinta a los filósofos que conocemos a través de los manuales, más allá de que hay quienes emparentan a los cínicos con Sócrates y establecen allí una continuidad, especialmente en lo que refiere a la afirmación de la necesidad de vincular teoría y práctica, lo que se piensa y lo que se hace. A su vez, el cinismo tampoco es una Escuela, pues (también como Sócrates) no tenía una doctrina que enseñar. Por último, no es del todo feliz llamarlos “secta” por las connotaciones negativas que ese término tiene hoy día.
Lo cierto es que en el contexto de crisis de valores en el que Atenas acabó sumiéndose, Diógenes propone, frente a la circulación de la palabra como herramienta democrática y transmisora de valores civilizacionales, ladrar, orinar y masturbarse. Efectivamente, y tal como leyó, Diógenes denunció la decadente sociedad de su tiempo mediante acciones disruptivas y no a partir de discursos o doctrinas morales. Si la palabra era el vehículo a través del cual se desarrolló una civilización que acabó desnaturalizando al Hombre, entonces habrá que ladrar y habrá que mostrar que el verdadero Hombre podrá saciar sus necesidades vitales y fisiológicas dónde y cómo le dé la gana.
Si tuviéramos que resumir algunos principios de la actitud cínica, más allá de este desprecio por la palabra en tanto emblema de la cultura de la época, habrá que señalar, en primer lugar, la concepción individualista de la libertad que pregonaba Diógenes y que estaba presente anteriormente en Antístenes. En segundo lugar, una fuerte carga antipolítica expresada en el rechazo de Diógenes a la participación política, la democracia y los derechos ciudadanos. Por último, como tercer aspecto, cabe señalar la reivindicación de la parresía, esto es, el hablar franco, el decir las verdades asumiendo los riesgos que eso implica. Ser un parresiasta para los cínicos no era una simple actitud temeraria, sino que formaba parte de una estética de la existencia, de la conformación de un modo de vivir y, por tanto, resultaba central para lo que en lenguaje moderno denominamos “constitución de la subjetividad”.

Expuestas las características del cinismo original resulta difícil comprender cómo una actitud contestataria y rebelde en el pasado se transforma, hoy en día, en el perfil común de cualquier defensor del statu quo. ¿Qué pasó, entonces, entre el cínico Diógenes y el cínico actual? ¿Dónde se perdió esa potencia del cinismo clásico? ¿Cómo esa autosuficiencia rebelde y ácrata, esa burla despiadada y desafiante acabó diluida en manos del adversario?
La respuesta la da un filósofo alemán llamado Peter Sloterdijk, quien siendo muy joven logró reconocimiento por escribir un extenso libro llamado, justamente, Crítica de la razón cínica. Y es allí donde expone cómo el cinismo pasó de ser una insolencia plebeya a una prepotencia señorial, algo que se expresa en múltiples aspectos pero que resulta ostensible cuando observamos cómo la ironía dejó de ser un desafío al poder para ser el síntoma de la prepotencia de quien ya no le alcanza con tenerlo todo sino que ha decidido mostrarlo y humillar al que nada tiene. El camino de esta transformación ya posee, según Sloterdijk, antecedentes en la Antigüedad (por ejemplo, en Luciano de Samosata) pero lo cierto es que desde la Modernidad hasta la actualidad notamos que una de las características de las sociedades en las que vivimos es estar atravesadas por el cinismo de los poderosos, aquellos que saben el lugar que ocupan, que reconocen para sí defender mentiras o acciones inmorales y, sin embargo, lo siguen haciendo con absoluto desparpajo. Cínicos son los grandes empresarios dueños de corporaciones, el establishment periodístico, los economistas mediáticos al servicio de las profecías autocumplidas, buena parte de la clase política, un Poder Judicial que parece, cada vez más, un sistema de castas heredero de Dios y una opinión pública hipócrita cooptada por la corrección política que dice apoyarse en principios liberales y progresistas pero devino moralista y autoritaria.       
La ruptura entre el cinismo de Diógenes y el de la actualidad es tan grande que Sloterdijk utiliza el vocablo “quinismo” para referirse al cinismo de la Antigüedad y distinguirlo del actual. Así lo expresa el propio autor en las páginas 189-190 del libro mencionado:

El quinismo antiguo, el primario, el agresivo, fue una antítesis plebeya contra el idealismo. El cinismo moderno, por el contrario, es la antítesis contra el idealismo propio como ideología y como mascarada. El señor cínico alza ligeramente la máscara, sonríe a su débil contrincante y le oprime. C´est la vie. Nobleza obliga. Tiene que haber orden. […] El cinismo señorial es una insolencia que ha cambiado de lado. Ahí no es David quien provoca a Goliat, sino que los Goliats de todos los tiempos […] enseñan a los Davides, valientes pero sin perspectiva, dónde es arriba y dónde es abajo.


¿Qué hacer frente a este nuevo cinismo? Sloterdijk no nos permite ser demasiado optimistas. ¿Por qué? Porque advierte que una vez que el cinismo se desenmascara o se deja ver y pierde la potencia de la insolencia original para transformarse en una antipotencia o una prepotencia al servicio del poderoso, se va expandiendo cada vez más, intoxicando las relaciones y los intersticios en los que éstas se dan. Es probable, entonces, que una de las claves del cinismo actual sea que la lucha contra él supone, sobre todo, también, la lucha contra uno mismo.



viernes, 19 de enero de 2018

La caverna del Homo algoritmus (publicado el 10/1/18 en www.disidentia.com)

Probablemente una de las más grandes paradojas de la “era internet” sea la profundización de los microclimas. Efectivamente, quienes encontraban en el desarrollo de la web la panacea de la sociedad abierta y la globalización de una serie de valores comunes, se enfrentan cada vez más con el fenómeno de usuarios que buscan revalidar sus prejuicios contactándose con quienes piensan como ellos y accediendo a los debates de la opinión pública a través de sitios con una línea editorial con la que se coincidía previamente. Pasamos así de una internet que prometía ser la biblioteca de Babel borgeana a una cloaca de enjambres difamadores, fake news, posverdad y comisariatos lingüísticos de la corrección política.
En la Argentina, cuando hablamos de microclimas, en este caso, propios de la soledad del poder, mencionamos lo que se conoce como “Diario de Yrigoyen”, haciendo referencia a una vieja leyenda urbana que afirma que a quien fuera presidente del país entre 1916-1922 y 1928-1930, Hipólito Yrigoyen, un grupo de asesores le escribía un diario apócrifo con una realidad hecha a medida de sus deseos. 
Nunca se pudo probar que tal diario hubiera existido y hay buenas razones para suponer que se trató de una campaña de desprestigio, pero lo cierto es que hasta el día de hoy, los ciudadanos de a pie utilizamos la referencia a aquel diario como ejemplo de la desinformación o ausencia de vínculo con la realidad.
Sin embargo, la metáfora clásica que suele utilizarse para episodios de alienación, manipulación o hiato en la relación con el mundo y la verdad, es la utilizada por Platón en República. Me refiero, claro está a la “Alegoría de la caverna”. Como todos ustedes saben, el prisionero cree que la realidad son aquellas sombras que se reflejan en la pared y solo escapando de allí, al observar el sol, comprende que había vivido engañado y que la realidad era otra. Esa distinción entre ser y apariencia, ha marcado a fuego la cosmovisión occidental más allá de que algunas de las nuevas generaciones lo hayan descubierto en el cine con Matrix.   
Sobre esta base, cabe preguntarse, como ciudadanos de a pie, si en estos tiempos en que cualquier dispositivo nos permite inmediatamente contactarnos con otros o acceder a cualquier tipo de información, podremos salir de nuestras propias cavernas o advertir cuándo nos están escribiendo nuestros diarios de Yrigoyen. Trataré de no caer en una respuesta taxativa asumiendo que me expondría a la excepción pero debo confesar que creo que transitamos una época  enormemente paradojal en la que la mayor conexión no redunda en una mayor apertura. Esto obedece a que el hombre ha devenido Homo algoritmus, esto es, una entidad esencialmente manipulable. Usted dirá que el hombre ha sido siempre manipulable y está en lo cierto pero estamos en una etapa en la que la manipulación se hace en nombre de la libertad, como en nombre de la libertad aportamos nuestros datos voluntariamente a una tecnología al servicio de nuestra ansiedad y perfil de consumidor. En este sentido, si en la alegoría de la caverna la luz era sinónimo de acercamiento a la verdad aquí se da exactamente lo contrario pues exponemos a la visibilidad total a nuestro yo interior pretendiendo allí ganar una cierta autenticidad y, al mismo tiempo, nos exponemos al control que surge al brindar licenciosamente nuestros datos. Es por eso que a diferencia de la sociedad iluminista del Siglo XVIII, la del siglo XXI es una sociedad de la iluminación en la que la luz ya no es la de la razón que nos guía sino la de los reflectores que dirigimos hacia nosotros mismos para poder ser vistos y, en tanto tal, ser reconocidos.
Con todo, cabe aclarar, para quien no se encuentre familiarizado, que el término “algoritmo” proviene de la matemática y refiere a una serie de pasos o reglas que permiten llevar a cabo una actividad y obtener un resultado. Estos algoritmos son esenciales para comprender cómo funciona internet hoy porque el desarrollo apunta a generar una web a medida de cada usuario. En nombre de la eficiencia, agradecemos a estos algoritmos que nos filtren la información que consideran relevantes para nosotros y naturalizamos que apenas buscamos un dato sobre un lugar donde vacacionar o un producto que comprar, a los pocos segundos nuestra navegación se inunde de publicidad sobre ello. Es que, como bien ha mostrado Eli Pariser en su libro El filtro burbuja, la jerarquía que nos ofrece Google en cada una de nuestras búsquedas no es universal sino que se acomoda a la información que Google tiene de nosotros mismos gracias a los algoritmos que logran trazar patrones a partir de nuestras búsquedas previas. ¿Y las redes sociales? ¿No estaríamos a salvo allí? ¿No encontraríamos en Facebook o en Twitter la imagen idílica de un ágora moderna? Claro que no. Los algoritmos también actúan allí y nos muestran las publicaciones de los amigos que consideran que pueden ser más interesantes para nosotros. Pero lo que agrega mayor dramatismo es que no hay conciencia de esto. Más bien todo lo contrario: se considera que la información de los portales, las búsquedas en Google y los posteos de nuestros amigos son representativos del mundo real.

La situación llega a tal extremo que, en esta caverna, el Homo algoritmus contará literalmente con su propio diario de Yrigoyen. Esa es al menos la conclusión a la que arriba Evgeny Morozov, en un libro muy interesante llamado La locura del solucionismo tecnológico, publicado en castellano en 2016. Les citaré un párrafo alusivo de la página 189: “Tal vez comienza con aparente inocencia: personalizar los títulos y por qué no los párrafos introductorios para reflejar lo que el sitio sabe (…) sobre el lector. Pero más temprano que tarde (…) es probable que este tipo de prácticas también se extiendan hasta personalizar el texto mismo de los artículos. Por ejemplo, el lenguaje podría reflejar lo que el sitio es capaz de deducir sobre el nivel educativo del lector (…) O tal vez un artículo sobre Angelina Jolie podría finalizar con una referencia a su película sobre Bosnia (si el lector se interesa por las noticias internacionales) o algún chisme sobre su vida con Brad Pitt (si al lector le interesan los asuntos de Hollywood). Muchas firmas (…) ya utilizan algoritmos para producir historias de manera automática. El siguiente paso lógico –y, posiblemente, muy lucrativo- será dirigir esas historias a lectores individuales, lo cual nos dará, en esencia, una nueva generación de granjas de contenido que pueden producir historias por pedido, adaptadas a usuarios particulares”.