miércoles, 13 de diciembre de 2017

Posjusticia y poder real (editorial del 10/12/17 en No estoy solo)

Los procesamientos masivos que, en algunos casos, vinieron acompañados de prisiones preventivas, desplazaron los temas económicos de la agenda y volvieron a posar la atención sobre la relación entre algunos jueces y el gobierno. Si bien todo se confunde, la causa en cuestión no podría incluirse en una presunta corrupción k sino que la figura que aparece allí es la acusación temeraria de “Traición a la patria” que mediáticamente es defendida solo por los sectores que nuclean referentes fanáticamente antikirchneristas, y que, en algunos casos, defienden intereses geopolíticos que van bastante más allá de las fronteras argentinas.
Con la ex presidente a la cabeza, el kirchnerismo denunció a Bonadío y al mismísimo Macri como parte de un entramado que esconde una persecución política. En lo personal, creo que el asunto es algo más complejo porque el gobierno tiene incidencia directa en el poder judicial, pero también juegan allí otros objetivos y otros vínculos que en algunos casos le dan autonomía al poder judicial respecto de lo que quisiera Macri. Por supuesto que por autonomía aquí no se entiende ecuanimidad, asepsia o inmunidad a presiones de poderes fácticos. Solo indico que si bien el gobierno no hace nada para frenarlos (como sí hace para impulsar acciones en otros casos), algunos jueces persiguen una agenda que abre una caja de Pandora en lo social y lo político. Y para un gobierno que acaba de triunfar y que tiene espalda para patear cualquier crisis económica allende 2019, una caja de Pandora agrega un nivel de incertidumbre indeseado.      
Sin embargo, en lugar de indagar en ese aspecto, preferiría profundizar en otras aristas. Para ello parto de la siguiente afirmación: la decisión de Bonadío es persecutoria y arbitraria basada en interpretaciones sesgadas de los hechos pero de ahí no deviene que su accionar sea ilegal. Esto, más que suponer un guiño hacia un juez en particular, que en este caso cuenta con una enorme cantidad de pedidos de juicio político en el Consejo de la Magistratura, debería funcionar como una advertencia hacia el sistema todo. Dicho en otras palabras, es el derecho en Argentina el que permite que acciones injustificables como las de Bonadío puedan realizarse en nombre de la ley.
El asunto puede enfocarse desde diferentes tradiciones de la filosofía del derecho para discutir, por ejemplo, la problemática de la discrecionalidad de los jueces. ¿Por qué dejamos en manos de la valoración de un juez cuándo una persona, sin condena firme, puede ir preso? Hay muchas posibles respuestas a este punto desde los que consideran que el sistema de derecho perfecto sería aquel en el que el juez fuera un simple ejecutor de leyes capaces de dar respuesta a todos los conflictos, hasta los que consideran que, finalmente, el sesgo subjetivo del juez es inevitable pues una ley siempre está sujeta a interpretación. Con todo, aquella máxima que Carlos Fayt vertiera algunos años atrás y que hablara de que los hechos son sagrados y lo que es libre es el comentario (o las interpretaciones) hoy parece haberse invertido. De aquí que podamos concluir que, en la Argentina de 2017, las interpretaciones son sagradas pero los hechos son libres.
El punto, claro está, y esto ya lo decía F. Nietzsche, quien en la línea de lo recién indicado afirmaba “No hay hechos, solo interpretaciones”, es que es el poder el que determina cuál de esas interpretaciones prevalece sobre las demás para convertirse en “verdadera”.
Y allí deberíamos mencionar que ni siquiera hace falta un juez con sesgo o mala fe sino que el propio sistema del derecho es permeable al poder real (de hecho hay quienes dicen que el derecho mismo es la manifestación máxima del poder real).
Dicho esto, entonces, y si bien no hay espacio aquí para desarrollar temas tan complejos, deseo advertir dos cosas. Por un lado, la aparición de una justicia posverdadera o una verdadera posjusticia con jueces que arbitrariamente son capaces de fallar, no solo según sus broncas personales y sus vínculos con determinados sectores del poder, sino también a favor del deseo de venganza y el estado de emoción violenta de un sector de la sociedad que cree, por derecha pero también por izquierda, que la única Justicia es aquella que confirma sus prejuicios. Asimismo, por otro lado, algo que se expone y que sería deseable que en algún momento se examine, es el modo en que el poder mismo, prescindiendo de un juez venal en particular, está presente y constituye el sistema mismo del derecho.
Sobre este último aspecto, probablemente no sea una discusión para tiempos urgentes pero indagar en este punto no invalidará a las tradiciones, movimientos y minorías que en las últimas décadas han decidido dar la disputa en el terreno de los derechos pero sí, al menos, permitirá realizar un diagnóstico acerca de los límites y de las posibilidades que ese terreno brinda. 
En lo que respecta a una Posjusticia que, a diferencia de la posverdad, no solo puede manipular y dañar públicamente sino utilizar el poder del Estado incluso contra la propia libertad de los ciudadanos, solo resta preocuparse.       



viernes, 8 de diciembre de 2017

Homo algoritmus y sociedad predictiva (editorial del 3/12/17 en No estoy solo)

Tomás tu celular para escribir un mensaje y ya internalizaste que cada vez que comiences una palabra de la frase, tu teléfono inteligente se anticipará y la completará para que vos puedas escribir el mensaje más rápido. En la mayoría de los casos, la palabra que el teléfono inteligente completa es la que vos deseabas escribir pero a veces no tenés esa suerte, pues se trata de una palabra presuntamente ajena a tu vocabulario y a tu costumbre. Cuando se da esta última situación, luchás contra el teléfono para que te permita escribir la palabra que deseabas transmitir. Algunas veces lográs vencerlo pero no deja de generarte perplejidad que el teléfono te indique que esa palabra es “desconocida”.
Esta breve descripción de los teclados predictivos, uno de los aparentes beneficios del avance de la tecnología, resume buena parte de las características de las sociedades en las que vivimos. Es que, efectivamente, asistimos a la era de lo que daré en llamar “Sociedades predictivas”.
Indagar en este aspecto resulta relevante en tiempos donde se nos dice que la posverdad se ha transformado en la categoría capaz de iluminar la comprensión de fenómenos políticos, electorales y sociales. Porque si bien esto no es estrictamente falso pasa por alto que la posverdad es solo un emergente visible, un mero efecto de estas “Sociedades predictivas”  a las que me refiero.
¿Pero por qué las nuestras son sociedades predictivas? Por dos razones: la primera es la necesidad de velocidad y la segunda es el rechazo a la novedad. Sí, aunque parezcan elementos que incluso podrían contradecirse, hoy los encontramos unidos como dos características descriptivas del fenómeno. Decir que vivimos velozmente y que la vitalidad y la supervivencia del capital está en esa velocidad es algo que no merece mayor desarrollo pues es harto evidente e inunda nuestras vidas cotidianas, aun en los aspectos más elementales, porque se nos ha instalado que el consumo debe hacerse siempre ahora y que las mercancías deben fluir, en este caso, a través del canal adecuado que es la web. De hecho internet hoy es más un emblema de la velocidad que de la interacción con otros o el acceso a información que antes resultaba inalcanzable, y para confirmar ello nada mejor que indagar en la discusión en torno a la neutralidad de internet que no es otra cosa que un debate acerca de si se va a permitir que el acceso a algunos sitios o a través de determinados servidores sea más rápido que otro. No es un tema de neutralidad o pluralidad valorativa o sí pero en todo caso solo muestra que el presunto afán de búsqueda de conocimiento en una red abierta sucumbiría frente a un servicio que, aun brindando baja calidad de información, lo haga velozmente. “No tengo religión, tengo ansiedad”, diría la canción.
Pero el segundo aspecto mencionado, el rechazo a la novedad, es menos evidente y naturalmente resistido porque choca con todo el ideario de una modernidad occidental que desde el siglo XVIII e incluso tiempo atrás, revolución científica mediante, nos explicó que entre la razón y la ciencia la humanidad tenía un destino de progreso y acumulación de saber y bienestar. Afirmar que en pleno siglo XXI la sociedad prefiere no saber más sino “protegerse” en lo ya sabido parece una descripción de tiempos oscuros y sociedades cerradas pero a juzgar por el nivel de los debates públicos no parece demasiado alejado de la realidad.             
Es más, sobre esta base se comprende mejor la noción de posverdad porque no se trata de una lisa y llana mentira sino de un mensaje falso que acaba resultando persuasivo no por su verosimilitud sino por su capacidad para interpelar sentimientos y confirmar los prejuicios de la audiencia. Y aquí se produce el segundo gran golpe a Occidente pues la civilización de la racionalidad se postra ante el enjambre cibernético que no busca comprender sino juzgar rápido según “lo que siente”, y la pretendida autonomía del individuo va cediendo hacia un nuevo tipo de hombre, el Homo algoritmus, una entidad que tiene todo para ser manipulable pues cree ser libre al tiempo que brinda todos sus datos voluntariamente para que la tecnología, en nombre de la eficiencia, lo incluya dentro de una confortable y sesgada burbuja. Se trata de los mismos algoritmos capaces de deducir la palabra que vos querés escribir y al utilizar la palabra “deducir” lo hago en un sentido técnico pues la deducción es algo a lo que se llega conteniendo toda la información de antemano. Para ponerlo en un ejemplo clásico de una clase de lógica, si tenemos un razonamiento que indica en sus premisas que “Todos los hombres son racionales” y que “Juan es hombre”, podremos deducir que “Juan es racional”. Esa deducción la realizamos porque la conclusión de nuestro razonamiento, esto es, que “Juan es racional”, ya estaba incluida en las premisas, solo que de manera implícita. Y esto significa que lo propio de la deducción es que no agrega información novedosa, actúa desde lo que ya sabe y eso es fabuloso para un sistema cualquiera pero quizás no lo sea para la vida porque en ella no solo queremos deducir y con ello garantizarnos que si nuestras premisas son verdaderas nuestra conclusión también lo será; queremos, además, agregar información, nutrirnos de la sorpresa, de la incertidumbre, de la curiosidad ante lo desconocido. No se trata de un nuevo decálogo para el trabajador monotributista estebanbullrichiano. Se trata de tener el coraje para confrontar con percepciones e ideas diversas que, incluso, puedan ser capaces de poner en duda nuestros puntos de vista.   
Por todo esto, cada vez que escribimos un mensaje en nuestro celular inteligente y el teclado predice, a través de un algoritmo que deduce, qué palabra queremos escribir, estamos presenciando algo más que ese circunstancial mensaje; estamos viendo, a toda velocidad, en qué tipo de sociedad nos hemos convertido.           



miércoles, 29 de noviembre de 2017

El deporte de arrojarse los muertos (editorial del 26/11/17 en No estoy solo)

Cuando el caso Maldonado se encaminaba hacia la hipótesis del “accidente” que pudiera eximir de culpa a la gendarmería y al gobierno, se produjo la desaparición del submarino ARA San Juan con 44 tripulantes y una nueva conmoción pública sacude a la Argentina y a Cambiemos. En momentos en que escribo estas líneas se habla de una explosión y del peor de los finales pero más allá de todo ese dolor aquí quisiera hacer algunas reflexiones sociales y políticas.
En primer lugar, una mención a los imponderables. Efectivamente, todos aquellos que tratamos de pensar la política buscamos constantes, realizamos hipótesis y, muchas veces, con poca cautela, solemos brindar sentencias cuya validez alcanzaría el largo plazo. Y de repente, pasa algo que nadie podía prever, más allá de que las teorías conspirativas estén a la orden del día y desde hace ya varios siglos los seres humanos no soportemos la noción de accidente y tengamos una compulsión a asignar responsabilidades. Con esto, claro está, no me refiero a que la muerte de Santiago Maldonado y las fallas en el submarino hayan sido “accidentes” pues, en todo caso, esas conclusiones deberán ser aportadas por la Justicia. Me refiero a la idea más general de “accidente” que los humanos narcisísticamente resistimos en nuestro afán de dominarlo todo. Lo cierto es que el gobierno tiene un problema y si bien está en ese momento en que “no le entra ninguna bala”, el dispositivo comunicacional se ha puesto en marcha para embarrarlo todo, por lo pronto, brindando espacio a quienes nunca aceptan decir “no sé”. Y, por supuesto, con coberturas amarillistas varias, entre las que se puede mencionar un cronista consultándole a la esposa de uno de los tripulantes cómo le va a contar a su hijo que su padre probablemente esté muerto y un programa donde se debate a los gritos culminando cada edición con el himno nacional y los rostros de los tripulantes desaparecidos. Tal decisión editorial no parece menor y de hecho expresa un dato: la eventual muerte de los 44 tripulantes supondría un golpe directo al núcleo social y cultural del macrismo. En otras palabras, en la imaginería de la centroderecha, los tripulantes del submarino son “muertos propios” a diferencia de un Santiago Maldonado que era “un muerto ajeno”, de “los otros”. La diferencia es bien palpable cuando a unos se los deposita automáticamente en el lugar de héroes y al otro, antes que nada, se lo intenta desprestigiar en tanto hippie, zurdo, k, artesano, terrorista, mapuche y toda la cadena de estigmatizaciones que pulularon en los últimos meses. En el caso del submarino, a su vez, no solo sirvió para achacarle a CFK y adjudicar la ayuda externa al supuesto “regreso al mundo” que habría tenido la Argentina, sino para ganar terreno y reinstalar debates que parecían perimidos y que se reinsertan en la agenda que a nivel continental y global impulsa Estados Unidos, esto es, más presupuesto para armamentos y la posibilidad de que las FFAA puedan intervenir en asuntos de seguridad interior.     
Este punto de los muertos propios y los ajenos es interesante y da lugar al segundo aspecto que quería mencionar. Me refiero a este deporte de arrojarse muertos de uno a otro lado de la grieta. Si alguien menciona a Maldonado, por izquierda te tiran con Julio López y por derecha te tiran con Nisman. Si mencionás a los tripulantes del submarino, te responden con el accidente de Once y si sos demasiado progre, hasta te pueden endilgar el desastre de Cromañón. Así, NecroSports es el único canal que todos pueden ver sin pagar y del que todos pueden participar, claro está, tirándose víctimas. Con todo, cabe hacer una diferenciación, pues quienes piden no politizar la muerte sacaron un rédito político palpable tanto de Cromañón, como de la muerte de Nisman y del accidente de Once. Asimismo, quienes especialmente sobre el primer y el último caso apuntaron directamente a la cabeza del poder político (recuérdese que el Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra fue destituido por ese hecho), deberán ahora explicar por qué algunos hechos remiten rápidamente y sin escalas al máximo responsable formal de un gobierno y otros no. Pienso en las muertes en las fiestas electrónicas, los talleres clandestinos, Iron Mountain, etc.
Ahora bien, si me preguntan a mí, no se le puede achacar a Macri las muertes sucedidas durante su mandato en la ciudad o en el gobierno nacional pero si eso vale para él debería valer para los otros gobiernos tanto de la ciudad como de la nación. Se dirá que cada caso tiene su particularidad y eso es cierto pero entiendo que usted, lector, sabe a qué me refiero.     
Por último, en caso de confirmarse lo peor, ¿qué espacio se le dará a los familiares en los medios de comunicación? ¿Aquí también funcionará el necrodeporte? ¿Los mismos que llevaron incesantemente a los familiares de Once a la TV exigirán justicia dándole espacio a los familiares de los tripulantes del submarino? Me temo que no y que la razón es eminentemente política. Con todo, si lo hicieran, y esto es bueno recordarlo siempre, podemos implorar desde aquí que no se intente legislar a partir del estado de shock de las familias de las víctimas como se ha hecho cada vez que hay algún delito con resonancia pública. Esto vale para todas las víctimas y sus familiares porque la condición de víctima directa o indirecta no acerca más a la verdad, ni nos convierte en expertos en política de seguridad y legislación, o, menos aún, en fiscales capaces de adjudicar responsabilidades, llámense familiares de Santiago Maldonado o familiares de los muertos en el accidente de Once.    


jueves, 23 de noviembre de 2017

Reflexiones tras un grito de "¡Forro!" (editorial del 19/11/17 en No estoy solo)

“¡Forro! Hablá de Magnetto y de DyN” le habría gritado, según testigos presenciales, el productor Julián Capasso a Alfredo Leuco en momentos donde éste, visiblemente crispado, arremetía contra empresarios dueños de medios de comunicación cuya línea editorial fue afín al gobierno anterior. La exaltación y agresividad que tenía Leuco, y a las que nos tiene acostumbrados en editoriales ostensiblemente antiopositores, le hizo cometer un fallido curioso que, entiendo, no fue advertido. Es una sutileza pero viene al caso porque su discurso fue muy criticado por, presuntamente, haberle espetado a los trabajadores el “error” de no saber elegir en qué empresa trabajar. En ese contexto, tiene sentido el “¡Hablá de Magnetto y de Dyn!” porque justo en esa semana se había cerrado la Agencia DyN, que depende de Clarín, y el hombre que suele dar la palabra, omitió curiosamente esa referencia. Esto mostraría que aun los que eligieron empresas antikirchneristas y oficialistas, como aquellas en las que trabaja Leuco, también sufrieron la pérdida del empleo, de lo cual podría seguirse que la razón para explicar por qué centenares de periodistas están sin trabajo desde diciembre de 2015, no puede reducirse a la falta de escrúpulos de algunos empresarios ligados, de alguna manera, a la gestión anterior.
Ahora bien, tras mencionar a Cristobal López, Sergio Szpolski y Electroingeniería, Leuco afirma “lamento mucho los compañeros que se han quedado sin trabajo pero hay que saber bien quién es el tipo que debe estar en los medios de comunicación”. Insisto en que esta intervención fue interpretada como una crítica a los trabajadores que se desarrollaron en los medios “k” pero si uno escucha correctamente lo que Leuco parece estar diciendo es algo distinto aunque muy grave también. Con el “hay que saber quién es el tipo que debe estar en los medios” no se está refiriendo a los trabajadores sino a los gobiernos. Es decir, la crítica es al gobierno kirchnerista, aquel que evidentemente y a la luz del pensamiento de Leuco, no determinó correctamente qué empresarios deben estar en los medios. Esto abre otra perspectiva aunque el resultado sigue siendo incómodo para Leuco pues cabe preguntarle: ¿son los gobiernos los que deben determinar qué empresarios serán los dueños de las corporaciones mediáticas? La mera pregunta generaría escándalo en el ex comunista converso, devenido ferviente republicano, periodista del Grupo Clarín.
Con todo, no tiene mucho sentido plantear una discusión en torno a qué interpretación de los dichos de Leuco es más grave o más indignante pero esta última parece toda una declaración de principios que va en línea con el gobierno que Leuco defiende y que por presión directa o indirecta ha logrado que las voces disidentes tengan cada vez menos espacio, tal como muestra el reciente despido de Víctor Hugo Morales de C5N. No olvidemos, por cierto, que C5N era la señal que, una vez más, por decisión propia como guiño ante el gobierno y/o presión gubernamental, había decidido echar a Roberto Navarro y no poner al aire 678 después de que el gobierno de Macri decidiera que no continúe en la TV Pública. Porque, una vez más, y esto lo menciono porque puede que el ciudadano de a pie no lo sepa, el Grupo Indalo, dueño de C5N, al comprar la productora que era dueña de 678, compró también “la marca 678” de modo que si el programa no está al aire en la señal que le es propia, es por una decisión política y no empresarial ya que el kirchnerismo no estará ganando elecciones pero logra audiencias importantes en el contexto de un mapa de medios monocromático en el que están “todas las voces” pero siempre diciendo lo mismo. En todo caso, para otra columna quedará interrogarse sobre la ausencia total de una política comunicacional del kirchnerismo una vez abandonada la gestión y otros varios interrogantes, pues si era verdad que el kirchnerismo tenía injerencia en C5N, evidentemente no hizo demasiado para que 678 regrese a la pantalla o para que los recientemente echados continúen en sus lugares.
Volviendo al eje de estas líneas, los otros pasajes del breve discurso de Leuco también permiten algunas reflexiones. Pienso en, por ejemplo, aquel en el que se refiere a la carta de Reynaldo Sietecase, recriminándole no haber dicho nada de “los dueños de los medios”. Este punto es crucial y podría decirse que en ese desliz otorga, sin desearlo, una victoria al periodismo que él militantemente llamará “militante” y que durante años hizo hincapié en desnudar los intereses que hay detrás de los medios de comunicación. La carta de Sietecase, efectivamente, no mencionaba a los dueños de los medios porque hablaba en general. La alocución de Leuco, en cambio, sí habló de los dueños de los medios pero nunca del medio para el que él trabaja. De ahí el grito “Hablá de Magnetto”. En este sentido si, como el propio Leuco indicó, el rol del periodista es, como diría el Talmud, “incomodar a los cómodos y acomodar a los incómodos”, nuestro protagonista no está ejerciendo el periodismo, aseveración que también incluye a esos periodistas que definen su labor como aquella que debe incomodar al poder pero nunca investigan a los dueños de las empresas que los contratan y los auspician. 

Para finalizar, digamos que lo que se vivió la última semana es todo un símbolo del estado actual del periodismo y el debate público. Pues las breves palabras de Leuco derivaron, entre otras cosas, en cruces de todo tipo, en los que contabilicé un episodio de “posverdad al palo” en el que se inventó que alguien le habría proferido un insulto antisemita al hijo de Leuco; un muchacho solemne, que goza de cierta afectación y que, devenido opinador oficialista, llegó a tildar de “sicario” a la locutora que leyó la carta de Sietecase; y hasta comunicadores de clara tradición liberal y estrellas de la misma radio en la que trabaja Leuco, advirtiendo sobre el macartismo en el que están incurriendo periodistas militantes del actual gobierno, verdaderos candidatos al premio “Nadie te pide tanto”. Como si esto fuera poco, el corolario lo tuvimos hacia el fin semana con el apartamiento de Víctor Hugo Morales y un mensaje rebosante de cinismo del Titular del Sistema Federal de Medios, Hernán Lombardi, quien públicamente dijo lamentar que el uruguayo no tenga pantalla cuando, como indicaba Sietecase, independientemente de los errores en materia comunicacional del anterior gobierno, y con ello me refiero al apoyo que le dio a empresarios que el 11 de diciembre de 2015 ya habían dejado en la calle a los trabajadores, es obligación del actual gobierno intervenir de alguna manera porque detrás de los cierres de medios y de los más de 2000 despidos de periodistas, no está solamente la situación personal de esos trabajadores y sus familias sino la posibilidad cierta de que se vulnere un derecho de toda la sociedad, esto es, el derecho a la comunicación. Pensar que ese derecho se reduce a garantizarle al dueño de un medio o a un periodista desarrollar libremente su línea editorial, pasa por alto el derecho de las audiencias a recibir información veraz y diversa. Por todo esto, si el gobierno actual, por acción o por omisión, deja que las condiciones de la comunicación en Argentina queden libradas a la lógica del mercado, es natural que la necesidad de eficiencia y sustentabilidad, eufemismos que reemplazan a “pingües negocios”, sustituyan a algunos de los valores centrales del debate público. Me refiero, claro está, a la conciencia crítica, la pluralidad y esa cosa rara a la que algunos todavía llaman “verdad”.

martes, 14 de noviembre de 2017

Aporofobia (editorial del 12/11/17 en No estoy solo)

En el año 2000, una revista llamada La Primera, cuyo dueño era Daniel Hadad, publicaba en tapa una de las notas más vergonzosas de la historia del periodismo argentino. Con el obelisco y una bandera argentina de fondo, irrumpía en la imagen un individuo con fisonomía indígena, el torso desnudo y un diente menos, para graficar un titular que rezaba “La invasión silenciosa”. A su vez, en la bajada del título se podía leer: “Los extranjeros ilegales ya son más de 2 millones. Les quitan el trabajo a los argentinos. Usan hospitales y escuelas. No pagan impuestos. Algunos delinquen para no ser deportados. Los políticos miran para otro lado”. La capacidad de síntesis del título y la bajada eximen de cualquier comentario acerca del contenido de la nota incluida en las primeras páginas de la publicación, pero han pasado los años y son muchos los que todavía recuerdan esa tapa en tiempos donde Daniel Hadad tenía en los medios una centralidad mayor que la que tiene hoy más allá de la importante circulación que tiene su portal infobae.com. Con todo, el mensaje de esa publicación finalmente no hacía más que representar cierto ideario conservador y retrógrado que se encuentra arraigado en la Argentina y en el mundo, y que aparece con más fuerza en tiempos de crisis económica, ideario que no disminuirá por la sobreactuación indignada del progresismo frente a personajes que son una caricatura de sí mismos como “la cheta de nordelta”.
Lo cierto es que bajo algún tipo de amenaza, lo más fácil es señalar al distinto y cada vez que oímos este tipo de afirmaciones las calificamos de xenófobas porque refieren a extranjeros y, en particular, a extranjeros de determinada pertenencia étnica. Sin embargo, parece hora de ser un poco más sutiles y encontrando una categoría adecuada podremos elucidar que lo que está operando allí no es exactamente xenofobia entendida como odio, rechazo y aversión al extranjero sino algo más específico. Quien notó esto y se encargo de difundir una nueva categorización fue la filósofa española Adela Cortina. Con perspectiva universalista y desde la particular mirada de una Europa en crisis más cultural y moral que económica gracias al fenómeno de los refugiados, Cortina parte del siguiente dato: 75.000.000 de turistas extranjeros visitaron España en el año 2016. Se trata de un número récord celebrado por la sociedad española porque el turismo supone ingreso de divisas, creación de empleo, etc. Dicho esto, Cortina se pregunta por qué no hay frente a estos extranjeros actitudes xenófobas. Y la respuesta es simple: porque, en general, se trata de extranjeros con un buen pasar económico. Esto muestra que el rechazo, la aversión y el odio, más que dirigirse al extranjero está dirigido al pobre. En este sentido, la tapa de la revista de Hadad no eligió poner a un alemán con rasgos arios o a algún caucásico empresario y/o microemprendedor. Decidió poner a un descendiente de la zona de altiplano en una situación en la que denotaba pobreza. Si el problema no es la extranjería sino la pobreza, el término xenofobia debe reemplazarse por uno que específicamente represente estos casos, los cuales, por cierto, son los más comunes, porque se desprecia más al paraguayo, al peruano y al boliviano que al alemán porque en el caso de los primeros se supone que son pobres.
Frente a esto, Cortina entiende que el término adecuado es “aporofobia” porque “áporos”  significa “pobre”. En el libro donde Cortina desarrolla esta idea, llamado, justamente, Aporofobia, el rechazo al pobre, la autora rebalsa de ingenuas, buenas y abstractas intenciones llamando a solucionar el problema con más educación e instituciones regidas por valores universales y comunicación democrática. Asimismo, en un salto sorprendente y extemporáneo decide buscar en resultados de la neurociencia una justificación para afirmar que nuestro cerebro es aporófobo, es decir, que hay una tendencia natural de lo humano hacia la aporofobia. Por estas razones es que lo más interesante del libro parece ser la novedad del concepto, (ya que precisa un sentimiento que muchas veces se confundía con la xenofobia pero era de otro carácter), y no la solución propuesta para la problemática ni mucho menos su justificación. En este sentido, aun cuando buena parte del libro quizás no valga demasiado la pena, si acordamos con Gilles Deleuze en que hacer filosofía es crear conceptos, Adela Cortina puede darse por satisfecha no solo por sus dotes creativas sino porque creando un concepto, permitiéndonos nombrar, nos ayudó a asir ese aspecto de la realidad que a falta del término correcto se nos escurría entre las manos.
Por último, un breve comentario sobre el subtítulo o bajada del libro. Es que efectivamente al título Aporofobia, el rechazo al pobre, se le agrega la frase “Un desafío para la democracia”. Es verdaderamente curioso, pues en todo caso me imaginaba que la aporofobia era sobre todo un desafío para el capitalismo antes que para la democracia, especialmente en el contexto en que la profundización de esta nueva etapa del capitalismo puede definirse como una verdadera fábrica de pobres. Así, en todo caso, antes que la aporofobia, lo que es un verdadero desafío para la democracia, me parece a mí, al menos, es el capitalismo.