jueves, 23 de noviembre de 2017

Reflexiones tras un grito de "¡Forro!" (editorial del 19/11/17 en No estoy solo)

“¡Forro! Hablá de Magnetto y de DyN” le habría gritado, según testigos presenciales, el productor Julián Capasso a Alfredo Leuco en momentos donde éste, visiblemente crispado, arremetía contra empresarios dueños de medios de comunicación cuya línea editorial fue afín al gobierno anterior. La exaltación y agresividad que tenía Leuco, y a las que nos tiene acostumbrados en editoriales ostensiblemente antiopositores, le hizo cometer un fallido curioso que, entiendo, no fue advertido. Es una sutileza pero viene al caso porque su discurso fue muy criticado por, presuntamente, haberle espetado a los trabajadores el “error” de no saber elegir en qué empresa trabajar. En ese contexto, tiene sentido el “¡Hablá de Magnetto y de Dyn!” porque justo en esa semana se había cerrado la Agencia DyN, que depende de Clarín, y el hombre que suele dar la palabra, omitió curiosamente esa referencia. Esto mostraría que aun los que eligieron empresas antikirchneristas y oficialistas, como aquellas en las que trabaja Leuco, también sufrieron la pérdida del empleo, de lo cual podría seguirse que la razón para explicar por qué centenares de periodistas están sin trabajo desde diciembre de 2015, no puede reducirse a la falta de escrúpulos de algunos empresarios ligados, de alguna manera, a la gestión anterior.
Ahora bien, tras mencionar a Cristobal López, Sergio Szpolski y Electroingeniería, Leuco afirma “lamento mucho los compañeros que se han quedado sin trabajo pero hay que saber bien quién es el tipo que debe estar en los medios de comunicación”. Insisto en que esta intervención fue interpretada como una crítica a los trabajadores que se desarrollaron en los medios “k” pero si uno escucha correctamente lo que Leuco parece estar diciendo es algo distinto aunque muy grave también. Con el “hay que saber quién es el tipo que debe estar en los medios” no se está refiriendo a los trabajadores sino a los gobiernos. Es decir, la crítica es al gobierno kirchnerista, aquel que evidentemente y a la luz del pensamiento de Leuco, no determinó correctamente qué empresarios deben estar en los medios. Esto abre otra perspectiva aunque el resultado sigue siendo incómodo para Leuco pues cabe preguntarle: ¿son los gobiernos los que deben determinar qué empresarios serán los dueños de las corporaciones mediáticas? La mera pregunta generaría escándalo en el ex comunista converso, devenido ferviente republicano, periodista del Grupo Clarín.
Con todo, no tiene mucho sentido plantear una discusión en torno a qué interpretación de los dichos de Leuco es más grave o más indignante pero esta última parece toda una declaración de principios que va en línea con el gobierno que Leuco defiende y que por presión directa o indirecta ha logrado que las voces disidentes tengan cada vez menos espacio, tal como muestra el reciente despido de Víctor Hugo Morales de C5N. No olvidemos, por cierto, que C5N era la señal que, una vez más, por decisión propia como guiño ante el gobierno y/o presión gubernamental, había decidido echar a Roberto Navarro y no poner al aire 678 después de que el gobierno de Macri decidiera que no continúe en la TV Pública. Porque, una vez más, y esto lo menciono porque puede que el ciudadano de a pie no lo sepa, el Grupo Indalo, dueño de C5N, al comprar la productora que era dueña de 678, compró también “la marca 678” de modo que si el programa no está al aire en la señal que le es propia, es por una decisión política y no empresarial ya que el kirchnerismo no estará ganando elecciones pero logra audiencias importantes en el contexto de un mapa de medios monocromático en el que están “todas las voces” pero siempre diciendo lo mismo. En todo caso, para otra columna quedará interrogarse sobre la ausencia total de una política comunicacional del kirchnerismo una vez abandonada la gestión y otros varios interrogantes, pues si era verdad que el kirchnerismo tenía injerencia en C5N, evidentemente no hizo demasiado para que 678 regrese a la pantalla o para que los recientemente echados continúen en sus lugares.
Volviendo al eje de estas líneas, los otros pasajes del breve discurso de Leuco también permiten algunas reflexiones. Pienso en, por ejemplo, aquel en el que se refiere a la carta de Reynaldo Sietecase, recriminándole no haber dicho nada de “los dueños de los medios”. Este punto es crucial y podría decirse que en ese desliz otorga, sin desearlo, una victoria al periodismo que él militantemente llamará “militante” y que durante años hizo hincapié en desnudar los intereses que hay detrás de los medios de comunicación. La carta de Sietecase, efectivamente, no mencionaba a los dueños de los medios porque hablaba en general. La alocución de Leuco, en cambio, sí habló de los dueños de los medios pero nunca del medio para el que él trabaja. De ahí el grito “Hablá de Magnetto”. En este sentido si, como el propio Leuco indicó, el rol del periodista es, como diría el Talmud, “incomodar a los cómodos y acomodar a los incómodos”, nuestro protagonista no está ejerciendo el periodismo, aseveración que también incluye a esos periodistas que definen su labor como aquella que debe incomodar al poder pero nunca investigan a los dueños de las empresas que los contratan y los auspician. 

Para finalizar, digamos que lo que se vivió la última semana es todo un símbolo del estado actual del periodismo y el debate público. Pues las breves palabras de Leuco derivaron, entre otras cosas, en cruces de todo tipo, en los que contabilicé un episodio de “posverdad al palo” en el que se inventó que alguien le habría proferido un insulto antisemita al hijo de Leuco; un muchacho solemne, que goza de cierta afectación y que, devenido opinador oficialista, llegó a tildar de “sicario” a la locutora que leyó la carta de Sietecase; y hasta comunicadores de clara tradición liberal y estrellas de la misma radio en la que trabaja Leuco, advirtiendo sobre el macartismo en el que están incurriendo periodistas militantes del actual gobierno, verdaderos candidatos al premio “Nadie te pide tanto”. Como si esto fuera poco, el corolario lo tuvimos hacia el fin semana con el apartamiento de Víctor Hugo Morales y un mensaje rebosante de cinismo del Titular del Sistema Federal de Medios, Hernán Lombardi, quien públicamente dijo lamentar que el uruguayo no tenga pantalla cuando, como indicaba Sietecase, independientemente de los errores en materia comunicacional del anterior gobierno, y con ello me refiero al apoyo que le dio a empresarios que el 11 de diciembre de 2015 ya habían dejado en la calle a los trabajadores, es obligación del actual gobierno intervenir de alguna manera porque detrás de los cierres de medios y de los más de 2000 despidos de periodistas, no está solamente la situación personal de esos trabajadores y sus familias sino la posibilidad cierta de que se vulnere un derecho de toda la sociedad, esto es, el derecho a la comunicación. Pensar que ese derecho se reduce a garantizarle al dueño de un medio o a un periodista desarrollar libremente su línea editorial, pasa por alto el derecho de las audiencias a recibir información veraz y diversa. Por todo esto, si el gobierno actual, por acción o por omisión, deja que las condiciones de la comunicación en Argentina queden libradas a la lógica del mercado, es natural que la necesidad de eficiencia y sustentabilidad, eufemismos que reemplazan a “pingües negocios”, sustituyan a algunos de los valores centrales del debate público. Me refiero, claro está, a la conciencia crítica, la pluralidad y esa cosa rara a la que algunos todavía llaman “verdad”.

martes, 14 de noviembre de 2017

Aporofobia (editorial del 12/11/17 en No estoy solo)

En el año 2000, una revista llamada La Primera, cuyo dueño era Daniel Hadad, publicaba en tapa una de las notas más vergonzosas de la historia del periodismo argentino. Con el obelisco y una bandera argentina de fondo, irrumpía en la imagen un individuo con fisonomía indígena, el torso desnudo y un diente menos, para graficar un titular que rezaba “La invasión silenciosa”. A su vez, en la bajada del título se podía leer: “Los extranjeros ilegales ya son más de 2 millones. Les quitan el trabajo a los argentinos. Usan hospitales y escuelas. No pagan impuestos. Algunos delinquen para no ser deportados. Los políticos miran para otro lado”. La capacidad de síntesis del título y la bajada eximen de cualquier comentario acerca del contenido de la nota incluida en las primeras páginas de la publicación, pero han pasado los años y son muchos los que todavía recuerdan esa tapa en tiempos donde Daniel Hadad tenía en los medios una centralidad mayor que la que tiene hoy más allá de la importante circulación que tiene su portal infobae.com. Con todo, el mensaje de esa publicación finalmente no hacía más que representar cierto ideario conservador y retrógrado que se encuentra arraigado en la Argentina y en el mundo, y que aparece con más fuerza en tiempos de crisis económica, ideario que no disminuirá por la sobreactuación indignada del progresismo frente a personajes que son una caricatura de sí mismos como “la cheta de nordelta”.
Lo cierto es que bajo algún tipo de amenaza, lo más fácil es señalar al distinto y cada vez que oímos este tipo de afirmaciones las calificamos de xenófobas porque refieren a extranjeros y, en particular, a extranjeros de determinada pertenencia étnica. Sin embargo, parece hora de ser un poco más sutiles y encontrando una categoría adecuada podremos elucidar que lo que está operando allí no es exactamente xenofobia entendida como odio, rechazo y aversión al extranjero sino algo más específico. Quien notó esto y se encargo de difundir una nueva categorización fue la filósofa española Adela Cortina. Con perspectiva universalista y desde la particular mirada de una Europa en crisis más cultural y moral que económica gracias al fenómeno de los refugiados, Cortina parte del siguiente dato: 75.000.000 de turistas extranjeros visitaron España en el año 2016. Se trata de un número récord celebrado por la sociedad española porque el turismo supone ingreso de divisas, creación de empleo, etc. Dicho esto, Cortina se pregunta por qué no hay frente a estos extranjeros actitudes xenófobas. Y la respuesta es simple: porque, en general, se trata de extranjeros con un buen pasar económico. Esto muestra que el rechazo, la aversión y el odio, más que dirigirse al extranjero está dirigido al pobre. En este sentido, la tapa de la revista de Hadad no eligió poner a un alemán con rasgos arios o a algún caucásico empresario y/o microemprendedor. Decidió poner a un descendiente de la zona de altiplano en una situación en la que denotaba pobreza. Si el problema no es la extranjería sino la pobreza, el término xenofobia debe reemplazarse por uno que específicamente represente estos casos, los cuales, por cierto, son los más comunes, porque se desprecia más al paraguayo, al peruano y al boliviano que al alemán porque en el caso de los primeros se supone que son pobres.
Frente a esto, Cortina entiende que el término adecuado es “aporofobia” porque “áporos”  significa “pobre”. En el libro donde Cortina desarrolla esta idea, llamado, justamente, Aporofobia, el rechazo al pobre, la autora rebalsa de ingenuas, buenas y abstractas intenciones llamando a solucionar el problema con más educación e instituciones regidas por valores universales y comunicación democrática. Asimismo, en un salto sorprendente y extemporáneo decide buscar en resultados de la neurociencia una justificación para afirmar que nuestro cerebro es aporófobo, es decir, que hay una tendencia natural de lo humano hacia la aporofobia. Por estas razones es que lo más interesante del libro parece ser la novedad del concepto, (ya que precisa un sentimiento que muchas veces se confundía con la xenofobia pero era de otro carácter), y no la solución propuesta para la problemática ni mucho menos su justificación. En este sentido, aun cuando buena parte del libro quizás no valga demasiado la pena, si acordamos con Gilles Deleuze en que hacer filosofía es crear conceptos, Adela Cortina puede darse por satisfecha no solo por sus dotes creativas sino porque creando un concepto, permitiéndonos nombrar, nos ayudó a asir ese aspecto de la realidad que a falta del término correcto se nos escurría entre las manos.
Por último, un breve comentario sobre el subtítulo o bajada del libro. Es que efectivamente al título Aporofobia, el rechazo al pobre, se le agrega la frase “Un desafío para la democracia”. Es verdaderamente curioso, pues en todo caso me imaginaba que la aporofobia era sobre todo un desafío para el capitalismo antes que para la democracia, especialmente en el contexto en que la profundización de esta nueva etapa del capitalismo puede definirse como una verdadera fábrica de pobres. Así, en todo caso, antes que la aporofobia, lo que es un verdadero desafío para la democracia, me parece a mí, al menos, es el capitalismo.     



sábado, 11 de noviembre de 2017

El día que votaron a Macri y no a Mauricio (editorial del 5/11/17 en No estoy solo)

Con el triunfo claro en las últimas elecciones, ingresamos en la segunda etapa del gobierno de Cambiemos. No se trata de una distinción tajante entre una y otra pero el escenario es claramente distinto por varias razones.
En primer lugar, el equilibrio de poder es otro porque el 9 de diciembre de 2015, un día antes de asumir, Macri tenía enfrente una fuerza política que había obtenido el 49% de los votos sin haber  jugado su principal carta; no era ni siquiera la primera minoría en las cámaras; había triunfado en varios distritos gracias al alquiler del aparato del radicalismo y debía lidiar con lo que parecía un bloque cultural afianzado sobre la base de una memoria histórica que le pondría límites a sus aspiraciones. Ante este panorama, queda claro que el gradualismo no era una decisión sino la única opción y los sucesivos juegos de avances y retrocesos no fueron más que un modo de medir la fuerza y los límites de la acción. Sin embargo, casi dos años después, la principal carta de la oposición pierde en PBA haciendo pie apenas en la tercera sección; a pesar de no tener la mayoría en el Congreso, el peso relativo de Cambiemos ha aumentado; el gobierno triunfó en los principales distritos con candidatos y estructura propia y, sobre todo, fue enormemente eficaz en la batalla cultural para sepultar la reivindicación de la política gracias al denuncismo moralizante e indignado, y desplazar a “la patria es el otro” por el ideal meritocrático y emprendedurista que deposita en el individuo, y nunca en el sistema o el modelo, la responsabilidad por las condiciones de vida.     
En segundo lugar, cabe preguntarse: ¿cómo le fue tan bien si los brotes verdes son brotecitos, devaluaron un 80%, sacudieron los bolsillos con tarifazos y el poder adquisitivo promedio disminuyó? Muy simple: es falso que la gente vote siempre con el bolsillo y, en este caso, Cambiemos ha conseguido sostener el monopolio de la expectativa, esto es, a pesar de ser “presente” lograron seguir siendo identificados como “futuro”. Es curioso lo que pasa en el país porque la grieta ha sido planteada en categorías temporales, una lucha entre el pasado y el futuro. En esa disputa, el presente es solo una continuidad del pasado tal como lo expresa la noción de “pesada herencia”, que no es otra cosa que un pasado que se extiende hasta el presente. Gracias a esta instalación, el gobierno nunca es responsable de los males actuales y cuando debe actuar sobre ellos lo hace como quien es un simple mediador de una dinámica que lo trasciende, característica típica del tecnócrata que es solo un enviado del “Dios mercado” en la Tierra, un mero ejecutor de leyes rígidas y presuntamente universales. 
Con todo, en esta segunda etapa, algunas cosas irán paulatinamente cambiando. Por lo pronto, con un kirchnerismo hecho una sombra de lo que fue, el ardid de constituirse como lo otro del demonio perderá eficacia y esa es una de las grandes paradojas del triunfo pues si el triunfo fue tan grande y demoledor, entonces el monstruo que nos llevaría a Venezuela está liquidado. Y, si está liquidado, entonces Cambiemos deberá definirse por sí mismo y no como la oposición al “populismo K”. En este sentido, el gobierno tendrá menos excusas. Asimismo, si bien nada augura que sea en lo inmediato, sino, probablemente, en el próximo mandato, la irresponsable toma de deuda tendrá un límite y ese límite deviene en ajuste. En otras palabras, el gobierno ha logrado una ecuación muy inteligente: transferir siderales ingresos a los que más tienen sin quitarle demasiado a los que menos tienen. ¿Cómo lo hizo? Agrandó la torta tomando deuda y la transfirió a los sectores aventajados al tiempo que continuó con la política de ayuda social entre los de abajo para que no explote la calle. Un país más desigual con una mitad de la población que está peor pero que todavía está contenida. Ahí habrá tensión como la habrá hacia adentro del PRO en otro de los efectos paradójicos del triunfo. ¿Por qué? Porque, una vez más, sin la amenaza electoral del peronismo y con el camino allanado hacia el triunfo en 2019, serán las internas las que queden expuestas. Que Macri va por la reelección en Nación y María Eugenia Vidal intentará lo propio en PBA es un hecho que nadie al interior del PRO osará desafiar. En todo caso, la gran incógnita es Carrió y la Ciudad de Buenos Aires. ¿Seguirá encolumnada y sosegada la diputada para jugar el rol de fiscal moral del espacio sin mayores aspiraciones o intentará transformarse en la próxima Jefe de Gobierno de la Ciudad? Si decide ir por este último camino, se avecinan tempestades.
Por otra parte, la otra gran interna es más general e incluye dos bandos, el ala más política del gobierno y un ala salvaje que de “derecha moderna” tiene poco. En este último caso me refiero a aquellos sectores con representantes en el gobierno, en los medios y en determinados sectores del poder judicial que no dudarían en perseguir, estigmatizar y aniquilar, en un sentido no demasiado metafórico, a todo resto de oposición o a todo aquello que huela a kirchnerismo. De triunfar este último sector, se abre una caja de Pandora con resultado incierto. ¿Qué sucede si se encarcela a CFK o no se la deja asumir la banca? ¿Habrá reacción y una respuesta represiva en las calles? ¿Cuál sería el costo de tal represión? A juzgar por el caso Maldonado, en el que hay importantes sospechas de la intervención de Gendarmería y el encubrimiento por parte de sectores del Gobierno y medios de comunicación, el costo no ha sido alto, pero es imposible prever la reacción social.         
Asimismo, en esta segunda etapa de Cambiemos, es probable que paulatinamente el rol de algunos medios y determinados periodistas vaya virando. Así, con el periodismo pasará lo mismo que sucede en la política: acabado el periodismo militante, expulsado de la corporación a la que habían intentado dinamitar ingresado por la ventana, la corporación mediática generará, para albergarlo en su propio seno, un periodismo opositor que ya no será outsider como el periodismo militante. Así, no debería extrañar que las principales espadas mediáticas del oficialismo, de repente, empiecen a endurecer su discurso contra el gobierno. No será una traición. Será, simplemente, un clásico de la corporación periodística.        

Por último, no resulta menor aclarar que a diferencia de la elección de 2015, Cambiemos triunfó sin mentir y ganó a pesar de anunciar aumentos y ajustes. Fue la primera etapa la que podría definirse con el apotegma menemista de “si hubiera dicho lo que iba a hacer nadie me hubiera votado”. Pero en esta segunda etapa, la sociedad eligió sabiendo lo que elegía y ha decidido apoyar lo que Cambiemos es realmente independientemente de su obsesión por las formas, los focus group y sus consecuentes acciones on demand. Así, el 22 de octubre de 2017 fue la primera vez que la mayoría de la ciudadanía no decidió votarlo a Mauricio: decidió votarlo a Macri.    

miércoles, 25 de octubre de 2017

La foto de hoy: Macri 2019 (publicado el 23/10/17 en www.elpaisdigital.com.ar)

Hay Cambiemos para rato. Esa parece ser la primera proyección que se puede hacer tras los resultados de la elección. Si bien el mundo, el país y la política son cambiantes no hay ni siquiera cisnes negros que al día de hoy alcancen para frenar la ola amarilla que goza de una luna de miel con la sociedad mayor a la del 2015. Porque el macrismo ganó la elección pero sobre todo está ganando en la instalación de su cosmovisión, aquello que suele denominarse, la “batalla cultural”. A su vez, los procesos son así y los humores sociales también tal como confirmaría el hecho de que, salvo el gobierno de De la Rúa en 2001, ningún oficialismo perdió su primera elección de medio término desde que regresó la democracia a nuestro país. Digamos entonces que el gobierno está en ese momento en que, como se dice en la jerga, “no le entran las balas” ni siquiera tras el episodio Maldonado. Las razones de este idilio suponen mérito propio y enormes vicios de una oposición que se ha transformando en un archipiélago. De hecho, Cambiemos triunfó en 13 de los 24 distritos, 5 de los cuales son los más numerosos; en relación a las PASO derrotó al kirchnerismo y al socialismo en Santa Fe, a la propia CFK en PBA, a Peppo en Chaco y a Urtubey en Salta. El dato de lo ocurrido en esta última provincia es relevante por, al menos, dos motivos. En primer lugar porque Cambiemos no solo venció a su principal oposición, CFK, sino que arrasó a cualquier otro candidato del panperonismo que pudiera intentar, ante una eventual derrota de la ex presidente, salir a disputar la articulación del espacio opositor de cara al 2019. Porque no solo cayó Urtubey, sino que Massa apenas pudo superar el 10% de los votos, Randazzo no pudo llegar al 6% y Schiaretti fue derrotado ampliamente en Córdoba. Lo único que quedó en pie fueron expresiones peronistas o ex aliadas al kirchnerismo con fundamentos claramente locales como Formosa, San Luis (en una remontada digna de aquel planeta imaginario denominado Xilium), Santiago del Estero o Misiones, sin olvidar el caso de Tucumán, la provincia con más habitantes que pudo retener el peronismo.
En segundo lugar, el dato de Urtubey viene al caso para confirmar lo que había indicado en este mismo espacio algunas semanas atrás y que había llamado el “fracaso de la política mimética”, esto es, la derrota estrepitosa de aquellos candidatos o fuerzas que jugaron a “parecerse a…” y hacer “oficialismo crítico” o “kirchnerismo crítico”. En este sentido, en estas elecciones al menos, no hay espacio para ser crítico, se es o no se es, y entre la copia y el original se vota al original. Este escenario de polarización fue impulsado por las dos grandes fuerzas en pugna por distintas razones. Por un lado, al oficialismo le resultaba absolutamente funcional disputar con CFK. Lo dijimos aquí incluso antes que la ex presidente decidiera ser candidata como también dijimos que no creíamos conveniente que el kirchnerismo jugara ahora su gran carta porque hacia ella apuntaría toda la artillería de concentración inédita del poder que posee Cambiemos: establishment económico, político, judicial, mediático y las grandes cajas del Estado: Nación, CABA, PBA y ANSES. Difícil disputar contra ello. ¿No? Desde esa perspectiva, puede decirse que haber obtenido el 37% de los votos en la Provincia, es decir, tener un candidato competitivo roza lo épico, más allá de que si se compara con la estructura que el kirchnerismo parecía tener al 9 de diciembre de 2015, sabe a poco, especialmente porque no se puede soslayar que, a nivel país, las expresiones kirchneristas puras fueron, casi en su totalidad, marginales y rondaron el 10% de los votos como en Chaco o Córdoba.
Sin embargo, por otro lado, a pesar del mal resultado, una lectura posible es que al kirchnerismo también le resultaba funcional disputar con Cambiemos, no solo porque así lo pensó cuando estaba en la administración y parecía imposible que la mitad más uno del país pudiera votar a Macri, sino ahora porque fuera de la administración la estrategia k no ha sido la de una construcción de mayorías sino la de retención de una minoría intensa y aniquilación de cualquier referente o espacio que osara disputar el rol de opositor. Haciendo una retrospectiva, incluso podríamos pensar que la estrategia de retención de una minoría intensa estuvo presente ya en 2015 cuando la decisión de poner a Aníbal Fernández en PBA al tiempo que el apoyo a Scioli era tibio, permite visualizar que CFK quería, ganando PBA, hacerse fuerte en el principal distrito de la Argentina y depositar allí toda su estructura para, ante las eventuales tensiones que se auguraban con el gobierno de Scioli, tener allí una plataforma que, junto al control de las cámaras, pudiera condicionar al gobierno que, finalmente, no fue. Esta interpretación parece más plausible que la de aquellos que, ante la inexplicable cantidad de errores en las estrategias electorales, afirman que “Cristina jugó a perder”. No jugó a perder. Jugó, como lo hizo en estas últimas elecciones, a consolidar una fuerza propia cuya pureza será inversamente proporcional a su capacidad de constituirse en mayoritaria. Y allí se encuentra el principal dilema de la oposición hoy. Dejando de lado aquellos que cada vez que hablan del kirchnerismo ingresan en un estado de emoción violenta: ¿alguien en su sano juicio puede indicar que la experiencia kirchnerista y la figura de CFK está acabada tras reunir 37% de los votos en PBA? No. Pero a su vez, se impone la necesidad de abandonar el microclima, para notar que la foto de hoy indica que la potencia y el sacrificio de CFK no alcanza para ganar una elección nacional con balotaje como la que tendrá lugar en 2019. Con la foto de hoy, insisto, en el mejor de los casos, CFK y el kirchnerismo podrían y deberían apuntar a disputar la gobernación de PBA, la cual se gana sin balotaje y obteniendo solo un voto más, para de ese modo obligar a Vidal, la gran candidata de Cambiemos, a buscar una reelección en su distrito y a que un Macri presuntamente algo más desgastado busque la reelección en Nación. Ese escenario, claro está, necesitaría de alguna figura peronista que dispute con Macri y pudiera ser acordada por los distintos referentes de la oposición pero esa figura hoy no aparece, y no se vislumbra voluntad alguna ni del kirchnerismo ni del resto de los accionistas minoritarios de la oposición como para establecer esa mesa de diálogo. Más bien, en la disputa de intensidades, es más probable que los sectores del peronismo moderado se acerquen más a Cambiemos que al kirchnerismo.                            

Si bien es absolutamente prematuro, con una oposición atomizada, un rebote económico y un tiempo de gracia pos elecciones, el gobierno se encaminaría a un nuevo mandato incluso cuando lo que se avecina son nuevos golpes al bolsillo y reformas estructurales que condicionarán a las generaciones venideras. ¿Acaso el ajuste no generará resistencias? Absolutamente y es real que el margen del gradualismo se va achicando porque el plan de contener la pobreza con ayuda social al tiempo de impulsar una enorme transferencia de ingresos hacia los sectores más aventajados a través de la toma compulsiva de deuda tiene un límite. Con todo, es probable que aquel límite sea imposible de sortear recién para el gobierno que asuma en 2019.           

miércoles, 18 de octubre de 2017

¿Y si Cristina pierde? (editorial del 15/10/17 en No estoy solo)

A días de la elección, el gobierno y el establishment económico dan por descontado el triunfo en la provincia de Buenos Aires, distrito donde no se disputa un senador sino el rumbo del país para la próxima década. Más allá de que ni la encuesta más optimista le otorga un triunfo holgado, lo cierto es que una victoria de Bullrich sobre CFK probablemente acabará con cualquier pretensión de Unidad Ciudadana de erigirse como opción capaz de constituir mayoría, al menos en lo inmediato, y, al mismo tiempo, le dará a Cambiemos una presunta legitimidad para avanzar con las reformas estructurales que los sectores más aventajados exigen y que acabarán condicionando a futuros gobiernos y a generaciones de argentinos. Así, con la economía rebotando y un clima cultural distinto, el gobierno parece estar en su mejor momento, no solo por las fortalezas propias sino sobre todo porque el peronismo está entrampado en su propia atomización. Es que los personalismos, las estrategias electorales y comunicacionales insólitamente erradas se repiten y no hay nada que permita pensar que los responsables de estos errores vayan a cambiar algo el día posterior a la elección.
La situación de Randazzo es una incógnita. Tras la jugada de CFK de presentarse sin el partido, el ex ministro quedó desdibujado y trató de terciar en una interna panperonista en la que no había lugar. En todo caso, sufrió un fenómeno que se repitió contundentemente en estas elecciones, esto es, el fracaso de la política mimética. Con esto me refiero a que entre el original y la copia el electorado se queda con el original. Porque si te interesa la política moralizada y denuncista te quedás con el original Carrió y no con su réplica Stolbizer; y si sos kirchnerista o reivindicás mucho de lo hecho en la anterior administración vas a elegir a CFK y no a su ministro, del mismo modo que si sos un peronista o un antimacrista que no quiere a CFK, tu primera opción va a ser Massa antes que Randazzo. Asimismo, Randazzo también fue castigado en las urnas por otro fenómeno. Me refiero al rechazo a la idea de la política como microemprendimiento. En otras palabras, la sensación es que Randazzo acabó jugando en solitario, de la misma manera que, en la Ciudad de Buenos Aires, juegan “solos” dos candidatos que brillan por su corrección política cool y polite: Martín Lousteau y Matías Tombolini. En el caso de estos últimos, no solo se disputan el mismo electorado, sino que sus vaivenes ideológicos (más marcados en el ex ministro de economía de CFK y Embajador en EEUU de Cambiemos) y su compulsión a la cámara (más marcada en el candidato massista) los convierte en fenómenos pasajeros e inestables.
Volviendo al espacio panperonista, tampoco es fácil definir el futuro de Massa quien supo gozar del apoyo del establishment tras su victoria en 2013 y desde allí no paró de perder votos. Hoy lucha por contener la tropa propia y no caer a un dígito. Adjudicar la caída a las dificultades de transitar la cada vez más angosta avenida del medio es ser condescendiente con quien ha carecido de rumbo ideológico y ha sido incapaz de constituir un armado con identidad y presencia territorial. Aquí, una vez más, la política mimética ha sido castigada pues ese votante antikirchnerista que Massa atrajo gracias a sus diatribas contra “el pasado” hoy se siente más a gusto votando a Cambiemos.
       
En cuanto a CFK, la estrategia de un estilo más pasteurizado que utilizara en las PASO no funcionó para romper el cerco del núcleo duro de sus votantes, aquel que la llevó a ganar la elección con un número inferior a las expectativas pero que nadie puede despreciar. De cara a las elecciones de octubre, ese cerco se intentó romper a través de entrevistas con llegada a públicos diversos y habrá que ver los resultados del domingo para poder afirmar si la estrategia ha sido la adecuada. Mi intuición es que esas apariciones no mueven el amperímetro pero ayudan a debilitar esa figura de Belcebú encarnado que la corporación periodística ha instalado de ella. Más allá de eso, el resultado de la elección será clave para conocer el futuro de la fuerza que lidera. Perder por más de cinco puntos sería impactante y si bien no hay ningún liderazgo dentro del peronismo capaz de hacerle sombra, la obligaría a abrir el juego a la negociación si es que no quiere reducir el kirchnerismo a una fuerza testimonial cuya supervivencia esté afincada en la tercera sección electoral de la Provincia y en un núcleo duro de militancia cibernética. Eso también supondría, claro está, un gesto de los otros actores, los cuales tampoco son muy afectos a negociar con ella y se encuentran agazapados para pasar facturas. Y no solo hablo de gobernadores peronistas a los que el kirchnerismo más duro les ha presentado listas opositoras en sus terruños sino incluso muchos intendentes de Buenos Aires que se han sumado a Unidad Ciudadana por necesidad antes que por convicción. 
Asimismo una derrota confirmaría algunos de los errores que en esta misma columna ya habíamos advertido. El primero fue no haberse quedado con el PJ e incluir a Randazzo en una interna para ganarle holgadamente y obligarlo a “jugar adentro”. Y el segundo error, seguramente impulsado por el núcleo duro que la rodea y que solo a través de ella se garantizaba un piso de votos que le permitiera seguir ocupando espacios, fue exponer a la ex presidente como candidata. Se dirá que no había otro capaz de pelear contra la potencia de Cambiemos y es así pero esa verdad regresa como un boomerang porque desnuda a un kirchnerismo que fue incapaz de generar referentes intermedios que pudieran respaldar o reemplazar a su líder, error que se repite en un armado de listas que, en la Provincia de Buenos Aires, se sirvió de candidatos renovados y valiosos pero sin las espaldas suficientes como para cargar con el peso de una sucesión. Nunca sabremos, porque es un contráfactico, qué hubiera sucedido si CFK se mantenía al margen de esta elección y apoyaba a sus candidatos desde afuera esperando que escampe frente a un Cambiemos que no podrá sostener durante cuatro años el recurso de la “pesada herencia”, pero me atrevo a pensar que el desenlace podría haber sido otro. Porque esta será, probablemente, la última elección que Cambiemos la gane con antikirchnerismo. En las próximas, tendrá que definirse por sí mismo y no por oposición a “lo otro”.

Para finalizar, hoy en día, si se confirmara la derrota que auguran las encuestas y ésta fuera significativa, el kirchnerismo recibiría un golpe del que será difícil levantarse, sobre todo, porque si después del 2015 nos quedó la sensación de que el kirchnerismo no había pensado un plan B y hasta había subestimado los costos de la derrota, al menos tenía la última carta debajo de la manga. Pasados dos años, jugada esa carta, una derrota puede parecerse demasiado al peor escenario.