miércoles, 22 de marzo de 2017

Responsabilismo, exculpación y opinología (editorial del 19/3/17 en No estoy solo)

Los acontecimientos de la última semana resumen bastante bien algunos tópicos de las sociedades en que vivimos. Yo lo sintetizaría en tres conceptos: responsabilismo, exculpación y opinología.
“Siempre tiene que haber un responsable”, es la definición de “responsabilismo”. Se trata, claro está, de una de las caras de una sociedad de la denuncia. Ya no existen los accidentes porque todo es culpa de alguien. Más allá de que aparentemente ahora se dice que los dos muertos en el recital del indio Solari no murieron por la presunta avalancha, podemos salirnos de este caso y pensar cómo se encaran los debates públicos cuando sucede alguna catástrofe natural. Dado que desde hace algunos siglos se ha impuesto la concepción de que el Hombre domina la naturaleza, toda manifestación indómita de la misma, se adjudica directa o indirectamente a alguien. Pareciera que no podemos soportar el azar, lo accidental, lo que no se puede prever. No podemos vivir con esa incertidumbre. Alguien debe ser culpable.  Pero cuando ese alguien no es fácilmente identificable por suerte queda el latiguillo: la culpa es de todos. Entonces, volviendo al caso “indio Solari”, fue el indio por ser k, fue el intendente por ser PRO, fue la productora del indio (por trabajar con un K), fueron algunos muchachos entre una multitud tranquila o fue la horda salvaje. Y si nada de eso nos satisface, podemos decir que fue la expresión de una sociedad decadente. Y ya está: imprimamos una remera que diga “Je suis Olavarría” y durmamos tranquilos.
Asimismo, está claro que en una sociedad responsabilista, el juego político es cómo librarse de la responsabilidad y si nos apartamos de las catástrofes naturales para adentrarnos en las teorías conspirativas, llegamos al segundo concepto que les presenté al principio: la exculpación, esto es, el quitarse las culpas y depositarlas en un tercero. Es más, si bien no hay espacio para desarrollarlo podría decirse que el “Errorismo de Estado” o el pedido de disculpas permanente del gobierno ante cada acción que perjudica a las mayorías es también una de las formas de la exculpación porque cuando se pide disculpas no se asume de lleno la responsabilidad ya que la responsabilidad está asociada a la voluntad y quien habla de errores nos dice que en su voluntad no estaba el dañar. Pero la estrategia de la exculpación más allá del “errorismo” y de la ya clásica “pesada herencia”, tomó una nueva forma el domingo pasado cuando comenzó a instalarse en la agenda el supuesto afán desestabilizador de la oposición kirchnerista. Todo comenzó con una acción en tándem que incluyó una entrevista en tapa del diario Clarín a Héctor Daer y un editorial con escenas de oficialismo explícito de Joaquín Morales Solá. Y lo culminó, naturalmente, América TV en una conversación entre uno de los voceros presidenciales, Luis Majul y el propio Mauricio Macri (de hecho, hay quienes dicen que el intercambio fue tan armónico que por momentos parecía que era Macri quien entrevistaba a Majul).
Pero la operación llegó a una cumbre orgásmica el último viernes gracias a una nota firmada por Marcelo Bonelli cuyo título podemos incluir en el top 10 del “periodismo de guerra”: “Los inversores quieren saber cuándo la justicia pondrá presa a Cristina Kirchner”. Si bien la noticia fue desmentida por el propio Felipe González, mencionado en la nota como aquel que habría hecho la pregunta en representación de “los inversores”, el título es una obra maestra del mensaje subliminal porque en pocas palabras, y presentándolo como información, afirma, desbordando de sesgo ideológico, que Cristina Kirchner es culpable y solo resta averiguar cuándo pagará su responsabilidad; que Macri es un líder con autoridad a tal punto que puede manejar los tiempos de la justicia; y que la economía deprimida no es responsabilidad del actual gobierno sino del fantasma del anterior.
Por cierto, es curioso lo que sucede con el kirchnerismo pues los mismos que enuncian una y otra vez que se trata de una etapa pasada, le adjudican la virtud de manejar parte de la justicia, coparle la movilización a la CGT, organizar decenas de cortes de calle para generar caos, controlar al menos un sector de los servicios de inteligencia más allá de que todo lo que sale de allí siempre perjudica al kirchnerismo, y tener cooptados a los maestros, los cuales, por cierto, en buena medida votaron a Macri en 2015.    
Llegamos así al último concepto: la opinología. Efectivamente, los temas aquí mencionados fueron desarrollados por hordas de opinadores compulsivos incapaces de guardar silencio o al menos tener la honestidad de un “no sé”. El derecho a opinar parece haberse transformado en obligación de hacerlo, y la igualdad en el derecho a opinar es confundida con la igualdad de valía en el contenido de cualquier argumentación. Dicho en criollo: cualquier pelotudo habla y encima cree que su opinión en tanto tal tiene el mismo valor que cualquier otra aun cuando esa opinión se realice desde el más ramplón sentido común y sin ningún fundamento.
Si estas líneas te aburrieron es tu responsabilidad, de modo que exijo que me exculpes pues, además, ya ha aparecido un nuevo tema sobre el cual opinar.



miércoles, 15 de marzo de 2017

La fecha que te parió (editorial del 12/3/17 en No estoy solo)

“Poné la fecha” gritaron miles y miles de los asistentes a la movilización convocada por la CGT el último martes, cantito que se coronaba invitando a los oradores a remitirse a sus respectivas progenitoras, las cuales eran definidas con valores non sanctos. Sin llegar a afirmar que se trató de un hecho fundacional, lo cierto es que la fecha que te parió evidenció la distancia entre algunos dirigentes y sus bases, en un capítulo más de la crisis de representatividad que, salvo determinados pasajes de nuestro último período democrático, es ya un signo de los tiempos.
Con todo pareció que algo se resquebrajaba o que, en todo caso, se resquebrajaba aún más independientemente de la escena del final y los dirigentes yéndose escoltados. Eso es mucho más anecdótico que el hecho de que una mayoría de la sociedad, incluso sectores que votaron a Macri, comienzan a entender que la historia reciente y no tan reciente del movimiento obrero, tras quince meses de ajuste, merece, como mínimo, la fecha de un paro.
El contraste es notorio porque hace dos años se hacían paros por una justa causa como la de evitar el pago de ganancias pero finalmente no dejaba de ser una problemática del 10% de los trabajadores formales. A pesar de las promesas, en 2017, los trabajadores siguen pagando ganancias pero la preocupación se trasladó a las condiciones laborales, los despidos y a negociaciones sobre un salario que el año pasado, en ningún caso, pudo superar la inflación que el actual gobierno duplicó.    
Pero les decía que la fecha que te parió profundizó la crisis de representatividad del triunvirato de cara a una importante porción de trabajadores y a la sociedad entera. Tal crisis tuvo que ver con que se percibió cómo un sector de la dirigencia dilapidaba la oportunidad de ponerse al frente de una reivindicación popular, y no con alguna escena digna del blanco y negro con secuestro de atril incluido, como insólitamente algunos analistas macristas marcaban y celebraban. Desde mi punto de vista la perspectiva de estos analistas es incorrecta o, en todo caso, lo que es incorrecto es celebrar con optimismo esa pérdida de representatividad porque el fracaso de un triunvirato cuya pasividad parecía emular las mejores performances de los concursos de mannequin challenge, no será solo una derrota para el triunvirato sino que será una derrota para el gobierno porque lo que viene “pidiendo pista” son opciones más combativas. Esto se viene observando ya en los últimos años cuando comenzaron a obtener más espacio de representación en los sindicatos las perspectivas de ultraizquierda. Pero no hace falta irse tan lejos sino tomar en cuenta que más allá del título de la unificación de la CGT, lo cierto es que hay distintas corrientes internas, algunas de las cuales vienen planteando desde hace tiempo y más allá de los aspectos propios de cada uno de los sectores, adoptar una posición más firme frente al gobierno. Sea la Corriente Federal cuya cara más visible es el referente de los bancarios, Sergio Palazzo, sean los sindicatos que conforman el MASA y proponían a Sergio Sasia como reemplazante de Hugo Moyano, lo cierto es que salvo excepciones como las del recién mencionado Palazzo, tomando como base el peronismo, estos espacios comienzan a ser visibilizados más allá de sus propios gremios. Asimismo, para desgracia de los simplificadores operadores del gobierno no se trata estrictamente de gremios o conducciones kirchneristas. Más bien habría que decir que salvo algunos casos puntuales, en su mayoría, estos espacios y estos referentes reivindican en general las políticas de la anterior administración pero también han expresado sus diferencias que en algunos casos fueron bastante más allá de algunos matices.
En tanto el capitalismo actual no es el de la primera mitad del siglo XX, es imposible pensar en un movimiento cuya única columna vertebral sea la de los trabajadores pero el nivel de organización e incidencia que los sindicatos han mantenido a pesar de los ataques del neoliberalismo los puede transformar en un factor de unidad o al menos una referencia para una construcción política y social alternativa. No alcanza con ellos y resulta evidente que las clases medias siguen considerando a buena parte de las dirigencias gremiales como “gordos”, pero hay allí una tradición y una práctica de acción política que no se puede menospreciar y que no será fácilmente vulnerada aun con todos los intentos de disciplinamiento y amedrentamiento que desde el gobierno y sus usinas periodísticas se vienen lanzando.
Por estas horas, sería inminente que el triunvirato anuncie la fecha del paro lo cual deberá leerse como un triunfo de la presión de las bases y la ciudadanía. ¿Pero qué parió, además, la fecha? Por lo pronto algunos cortocircuitos dentro del establishment tal como se puede observar en el modo en que el propio diario Clarín expuso, días después de la movilización, que el propio Macri había pedido al triunvirato evitar poner fecha del paro; pero sobre todo, lo que la fecha parió fue un aglutinador, un elemento capaz de sentar una base común para espacios cuyas reivindicaciones y tradiciones políticas han sido diversas y por momentos encontradas; esto no significa caer en la ingenuidad de pensar que allí está el frente antimacrista que una parte de la población espera y menos aún el siempre anunciado Frente ciudadano. Sin embargo, al menos de manera embrionaria y sin liderazgos claros empiezan a ver causas comunes que serán un problema para un gobierno que deberá vislumbrar que en esas causas comunes puede haber una referencia imposible de identificar o reducir a expresiones kirchneristas, tal como pretenden hacernos creer los nuevos mantras del emprendedorismo individual cuando, desaparecido el fantasma del comunismo, ubican allí al populismo como herencia, presencia o amenaza responsables de todos y cada uno de los males del universo.   

Para concluir, y continuando con la metáfora obstétrica, si bien desconozco sus formas y sus tiempos, intuyo que algo se está gestando.  

martes, 7 de marzo de 2017

El error de buscar nuestro Lanata (editorial del 5/3/17 en No estoy solo)

Una de las grandes paradojas de sociedades que, como las nuestras, presumen de una apertura total de la información y la interacción es que resulta cada vez más difícil evitar los microclimas. Muchos kirchneristas consideran que el actual gobierno está a punto de irse en helicóptero y consumen aquellos medios y comunicadores que les dicen que Macri está a punto de irse en helicóptero. A su vez, muchos macristas creen que todos los males del universo obedecen a oscuros personajes K que bien merecen ser amenazados, perseguidos, encarcelados y vilipendiados tal como se observa en las campañas de los call centers pagados con el dinero de todos y los servicios de inteligencia que hoy alquilan más espacios televisivos que los evangelistas brasileños. Sin embargo, me temo que la realidad, que no está en el medio de estas posiciones ni de nada, es algo más compleja.
Macri no está a punto de irse en helicóptero porque la conflictividad aumenta exponencialmente, algunas denuncias de corrupción empiezan a horadar su imagen, el cinismo negador de sus apariciones no ayuda y el discurso de que lo mejor siempre está por venir, son una realidad pero eso no significa que estemos a un paso de una crisis de tal magnitud que pueda llevarse puesto a un gobierno que sigue gozando del apoyo de sectores del establishment. Es más, si bien el presente muestra que, probablemente, las conquistas de la última década le dificulten al actual gobierno avanzar con, todavía, mayor velocidad en las reformas estructurales que pretende, lo cierto es que la historia reciente muestra que los presidentes que no terminaron su mandato se fueron con escenarios de hiperinflación o con 50% de pobres, 20% de desocupación y los depósitos confiscados, escenarios que, objetivamente, no aparecen en el horizonte inmediato.
Ahora bien, más allá de las dificultades por las que atraviesa el propio gobierno, producto de políticas públicas que afectan a las mayorías y de ineptitudes varias, lo cierto es que el PRO debe enfrentar las próximas elecciones y no posee grandes candidatos para hacerlo en, prácticamente, ninguno de los distritos de peso. Es más, ni siquiera tiene candidato en el principal distrito, aquel donde se juega la elección: la provincia de Buenos Aires. Afirmo esto porque más que nunca, la próxima elección se juega en el terreno de lo simbólico puesto que es de prever que los resultados no arrojarán cambios abruptos en la composición de las cámaras. Esto significa que la lectura política será sobre aquello que suceda en la provincia de Buenos Aires y el carácter legislativo de la elección pasará a un segundo plano. De hecho, recordalo bien, estos comicios serán presentados  casi como una elección presidencial en la que todo quedará reducido a un mano a mano entre las principales espadas de cada uno de los frentes.
En cuanto al FPV la situación no es ni mejor ni más clara. CFK es la candidata que más mide pero allí se plantean varios interrogantes. Si ella es candidata debería sacar más del 40% pues menos de ello, aun ganando, sería visto como un fracaso no solo por los medios oficialistas sino, quizás, por ella misma; y si ella fuese candidata, si bien el peronismo suele encolumnarse detrás del que más mide, lo cierto es que probablemente su presencia determine el armado de las listas y eso profundice el cisma que puede dejar a la deriva a un sector del peronismo al que tampoco le interesa irse con Massa ni con el oficialismo. Recién comenzado marzo, mi intuición, la personalidad y algunos comentarios de la expresidente, me inducen a pensar que probablemente ella no sea la candidata pero lo mantenga en reserva hasta el último momento para poder digitar la lista y poner a sus soldados. Pero, claro está, puedo estar equivocado o pueden cambiar las condiciones. De modo que habrá que esperar.
El tercero en discordia desde hace tiempo es el Frente renovador. El espacio de Massa resistió estoicamente por la “avenida del medio” contra todos los pronósticos y contra la polarización que acaba manifestándose en prácticamente todas las elecciones del planeta, máxime cuando son elecciones que incluyen un balotaje y el voto útil está a la orden del día. Pero Massa no parece ser el conductor que su propio espacio pretendía y tras su acuerdo con Stolbizer probablemente haya dilapidado toda posibilidad de un acuerdo con sectores del peronismo. Es más, buena parte del peronismo que está en las filas de Massa pareciera tener muchas ganas de saltar el cerco apenas escampe la situación respecto al rol que ocupará CFK. Si CFK juega, esos sectores del Frente Renovador probablemente permanezcan allí pero si ella no jugara o se hiciera una gran interna, no descartaría sorpresas.      
En toda elección de medio término, el voto se dispersa. En ese sentido quien diga que el oficialismo ha fracasado porque no ha podido repetir su performance del 2015 tiene mala fe o no ha hecho los análisis comparativos correspondientes. Con todo, más allá de la dispersión natural, el oficialismo va a perder votos porque ha hecho las cosas mal y porque ha desilusionado a un sector de sus votantes. A su vez, muchos de los que lo apoyan lo siguen haciendo por el espanto de lo anterior. En este sentido, el FPV se equivoca si cree que el votante decepcionado con el actual gobierno va a volver a apoyar al proyecto nacional y popular. De hecho, el FPV también se equivoca cuando como estrategia frente a la opinión pública apunta “al denuncismo” como si se tratara de una carrera cuantitativa en la que se juega cuál de los dos frentes tiene más corruptos. Se equivoca el kirchnerismo porque aun cuando quedara en evidencia el carácter corrupto de este gobierno, la conclusión del electorado no será necesariamente un “volvamos a CFK” sino un “son todos lo mismo”. Por eso son ingenuos los que de repente celebran que algunos medios oficialistas comiencen a castigar acciones del macrismo. Son ingenuos porque no se dan cuenta que aun castigando al macrismo esos medios ganan porque el deshilachamiento de Cambiemos deviene antipolítica y no reivindicación de la experiencia de los gobiernos populares. Y si deviene antipolítica, lo que reemplace al macrismo no será ni nacional ni popular sino que estará a la derecha del macrismo si es que ese inasible lugar existe. De hecho, no olvidemos que en 2003, a dos años de la gran crisis del neoliberalismo, casi el 60% de la ciudadanía depositó su voto en Menem, López Murphy y Carrió.

Por todo esto, la expresidente no puede transformarse en una comentadora indignada de noticias por Twitter, y la militancia y la dirigencia del FPV deben dejar de buscar su propio Lanata porque entre Lanatas de un lado y del otro no va a ganar Macri, ni Massa ni CFK: va a ganar el “que se vayan todos”.            

martes, 28 de febrero de 2017

El voluntario y el militante (editorial del 25/2/17 en No estoy solo)

Como viene sucediendo los últimos años, a punto de comenzar el mes de marzo, los gobiernos deben enfrentar la paritaria más difícil. Me refiero a la paritaria de los maestros y, en particular, la de los maestros de la Provincia de Buenos Aires. Ahora bien, más allá de que el número de la inflación ofrecido por las estadísticas oficiales durante el kirchnerismo no fueron creíbles desde que se intervino el INDEC, lo cierto es que aun los análisis privados reconocen que las paritarias nunca perdieron contra la inflación y que, en el peor de los casos, algunos años la empataron. Pero en 2017 la situación es dramáticamente distinta porque se comienza a negociar con el antecedente de un año en el que los trabajadores formales perdieron alrededor del 10% del poder adquisitivo. En este sentido, resulta curioso el enorme retroceso porque el gobierno presenta, en el mejor de los casos y como un gesto de generosidad, una cláusula gatillo que automáticamente actualice según la inflación. Esto significa que el mejor arreglo posible es el que iguale a la inflación lo cual es una forma elegante de afirmar que estamos en el techo de la redistribución del ingreso y que debemos celebrar que, por ser año eleccionario, nuestros sueldos no mejorarán pero al menos no volverán a retrasarse como el año pasado.
Más allá de esta introducción, quisiera hacer foco en una particular campaña ocurrida entre el jueves y el viernes de la última semana a partir de la decisión, de los gremios de los maestros, de realizar una huelga los días 6 y 7 de marzo. Se trata de un elemento que resulta sintomático de la disputa cultural por el sentido. Como no me canso de repetir, si bien el kichnerismo hizo de la “batalla cultural” una bandera, es el actual gobierno el que parece decidido a brindarla a pasos agigantados y con enorme éxito pues logró desempolvar ese sentido común liberal y conservador que el kirchnerismo había logrado al menos sosegar por una década. Así, uno de los capítulos más interesantes se dio cuando en las redes sociales, gracias a una estrategia comunicacional de lo que suele conocerse como el “Troll center” de Marcos Peña, esto es, un grupo de twitteros pagos que coordinadamente se ocupan de instalar agendas y, por qué no, también infamias, la categoría más mencionada fue #VoluntarioDocenteNoAlParo
Todo habría comenzado con un señor que se ofrecía a dar clases gratuitas para que, a pesar de la ausencia de maestros, los chicos puedan ir a la escuela. Más allá de que luego se comprobó que ese señor no era un señor cualquiera sino un militante PRO que dio charlas en locales partidarios y que fue parte del Batallón 601 de inteligencia del Ejército, la conjunción de acción coordenada más la ingenuidad de algunas almas bellas hizo que, como suele ocurrir con estas operaciones, los medios tradicionales replicaran y así se diera la retroalimentación perfecta en la cual un montón de zonzos opinan y así logran lo que los instaladores de agenda pretenden, esto es, que, aun para criticar, se hable del tema.  
Se podría hacer un comentario sobre los “rompehuelgas”, aquellos denominados “carneros”, o incluso seguir machacando en el modo en que se instalan determinadas agendas, pero me interesa volver sobre el término “voluntario” porque es un término central en la ideología PRO. Desde mi punto de vista, es tan esencial que es el elegido para disputar sentido contra el término militante. Sin caer en etimologías, la decisión de hacer énfasis en un presunto voluntariado busca trazar límites claros respecto a la experiencia kirchnerista. ¿Por qué? Porque el voluntario es presentado como un ente individual que expresa una racionalidad que guía su voluntad; un hombre libre que elige sin bandería política y desinteresadamente; un ciudadano (del mundo) capaz de suspender el goce de su esfera privada para otorgarle a la comunidad, una ayuda que, por definición, es siempre acotada. Y por sobre todo, el voluntario es blanquito y de clase media y media alta dispuesto a ofrecer su voluntad al necesitado que es morocho y pobre. Presentado así el voluntario es la antítesis del militante expresado, claro, desde el punto de vista de aquellos que desprecian la militancia. Desde esta perspectiva, el militante no tiene voluntad porque su individualidad ha sido absorbida por la ideología o, lo que es peor, por un liderazgo carismático; el militante no es un hombre libre porque tiene una obediencia debida para con su líder y se entrega por completo a su causa algo que, por resultarle inaudito al voluntario, es siempre sospechado de de acto ignorante o prebendario. En este sentido, no se dice que el militante tiene Unidad Básica porque necesita pensarse territorialmente sino que se lo acusa de establecer relaciones clientelares al tiempo que ensalza al voluntario, esto es, aquel que no tiene espacio físico y solo cede a cuenta gotas algo de su tiempo en el territorio de los “otros”, los no voluntarios o aquellos cuya voluntad habría sido cooptada por los que lucran con su necesidad.

Sin embargo, lo que esta presentación grosera y viciada con todos los prejuicios que hemos sabido conseguir omite, es que el contraste para nada sutil entre unos y otros radica en que el militante busca transformar y en esa transformación expone la tensión de un equilibrio de fuerzas que el voluntario no problematiza. De aquí que este último no busque transformar sino mantener lo que hay. Lo digo de otra manera: no pretendo hacer aquí una defensa cerrada de la militancia y quienes siguen mis columnas sabrán que he llamado la atención respecto de verticalismos, burocracias, vicios, posiciones acríticas y un déficit formativo alarmante incluso en los espacios con los que me siento más identificado; menos aún estas palabras pretender ofender a quien voluntariamente y de buena fe ayuda a un desvalido, pero incluso aun cuando muchas veces la acción de unos y otros puede solaparse, debemos poder identificar la diferencia entre quien lleva ropa a los pobres y es solidario con ellos y el que lleva ropa a los pobres, es solidario y además se pregunta por qué son pobres y qué hacer para que dejen de serlo.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Trabajen, usen y consuman todo (editorial del 18/2/17 en No estoy solo)

El trabajo ocupa un lugar central en nuestras vidas. Al que no trabaja o a aquel que pone poco empeño en el trabajo lo censuramos y nos enorgullecemos cuando trabajamos bien o cuando logramos éxitos laborales. Este diagnóstico no es novedoso, pero lo que sí puede resultar, en parte, más original, es observar que no siempre ha sido así.
En este punto, no viene mal un poco de historia comparativa. Piénsese, entonces, en el lugar que ocupaba el trabajo para los griegos en el Siglo v y iv a. C. ¿Trabajar era sinónimo de dignidad e, incluso, de liberación? Claramente no. Todo lo contrario. Trabajar era estar a merced de la necesidad y el hombre libre era el que estaba más allá del reino de esa necesidad. Desde esta perspectiva, el ocio no era el equivalente a la holgazanería que tanto se repudia hoy, sino la condición natural del hombre libre que podía dedicarse a la búsqueda del placer, volcarse a las intervenciones públicas o, como en el caso del filósofo, erigir una vida en torno a la contemplación de la verdad. Sin dudas, es difícil transpolar esta mirada a los tiempos actuales. ¿Qué cara pondrías si el novio de tu hija, en la primera cena familiar, te indica que trabaja de “contemplar la verdad”? 
Volviendo al tema, les decía que el hecho de que en la Antigüedad el trabajo fuera visto como aquello que quitaba libertad al Hombre, suponía detenerse en el ocio porque sólo a través de éste era posible trascender el terreno de la necesidad. Sin embargo, el ocio antiguo no es equiparable al ocio en la actualidad, pues Aristóteles no aceptaría que el ocio de la contemplación de la verdad sea similar a mirar tv comiendo pochoclo después de dormir dieciséis horas tras una resaca. No: el ocio antiguo era una actividad también. Sólo que era una actividad no vinculada a las “necesidades vitales/físicas” como la de tener que comer. ¿Cómo se llega, entonces, de aquella concepción del trabajo a la actual? Evidentemente, mucho tuvo que pasar, pero lo que no se puede soslayar es, según lo indicara Max Weber, el protestantismo y el capitalismo. Y quien mejor describe esto es Byung-Chul Han, un filósofo de origen coreano radicado en Alemania:

Lutero vincula el trabajo como empleo a la llamada de Dios a los hombres. Gracias al calvinismo, el trabajo cobra un sentido económico salvador. Un calvinista se enfrenta a la incertidumbre en relación al hecho de ser elegido o rechazado […]. Sólo el éxito en el trabajo se entiende como un signo de haber sido elegido. La preocupación por la salvación lo convierte en un trabajador. […] Max Weber ve en el espíritu del protestantismo la prefiguración del capitalismo. Se manifiesta como un impulso a la acumulación, que lleva a la constitución del capital. El descanso en casa y el disfrute de la riqueza son reprobables. Sólo el afán ininterrumpido de beneficios puede ganarse el favor de Dios (Han, 2009: 129-130).

Lo curioso es que aun en un mundo secular, sin carga religiosa, la lógica sigue siendo la misma. Es más, en la Argentina al menos, cuando se acumula mucho dinero se suele afirmar “Me salvé”, y cuando se está por hacer un buen negocio se indica “Si me sale esto me salvo”. ¿Hay quienes hayan roto con esta lógica? La respuesta podría llevarnos al marxismo, y sin embargo estaríamos equivocados, pues una tradición que abrevando en el filósofo alemán Hegel afirma que el hombre sólo puede realizarse como tal a través del trabajo, no es la base desde la cual poner en tela de juicio el sistema. Como diría Byung-Chul Han en su ensayo Psicopolítica:

La izquierda política ha transfigurado el trabajo. No sólo lo ha elevado a esencia del hombre, sino que de este modo lo ha mitificado como presunto contraprincipio del capital. A la izquierda política no la escandaliza el trabajo, sólo su explotación mediante el capital. De ahí que el programa de todos los partidos de trabajadores sea el trabajo libre y no liberarse del trabajo (Han, 2014: 79).

El poscapitalismo y una sociedad enteramente orientada al consumo profundizan esta lógica. El tiempo libre de trabajo no tiene una función en sí misma. Es sólo descanso necesario para mejor rendimiento en el trabajo y/o espacio para consumo, lo cual implica horas hombre en el trabajo para conseguir el dinero necesario para tal consumo. Y en este sentido se da un fenómeno paradójico en el que está incluido el tiempo: consumimos bienes o, más bien, habría que decir, servicios, cuyo goce es cada vez más efímero y a cambio nuestra vida cobra sentido sólo en cuanto vinculada las veinticuatro horas al trabajo. Quien mejor describe esto es Carlos Fuentes en un breve cuento llamado El que inventó la pólvora. Allí, Fuentes, con toda la potencia crítica del realismo mágico, comienza narrando una situación particular: la cucharita con la que revolvía su café se derritió. Lo mismo sucedió con los cuchillos, los tenedores y el resto de las cucharas. El relato construido en primera persona, prosigue, como es natural, con el protagonista yendo a comprar un nuevo juego de cubiertos, los cuales, lamentablemente, corrieron mismo destino a la semana. Claro que esto no le sucedía nada más que al narrador sino a todas las personas, a tal punto que las fábricas se comprometieron a multiplicar la producción para garantizar que pudieran suplantarse, cada veinticuatro horas, todos los cubiertos y de esa manera evitar que la civilización volviera a comer con la mano. Esta situación se mantuvo durante seis meses pero luego le llegó su avatar al cepillo de dientes que se desarticulaba en la boca, y a los zapatos y a los sacos que se deshacían dejando en ridículo a sus dueños. Los autos se destartalaban pero para ello hubo una solución inmediata del mercado: el auto del futuro que duraba un poco más que los “autos del pasado” y resultaron, claro está, un éxito en las ventas. Lo que empezó a ocurrir es relatado en el cuento de la siguiente manera:

La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. “Carlomagno murió con sus viejos calcetines puestos –declaraba un cartel– usted morirá con unos Elasto-Plastex recién salidos de la fábrica”. La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos.

Sin embargo, el relato no termina allí pues un día, al llegar a su casa, el protagonista observa que sus libros se han convertido en polvo y al mirar por la ventana notó que los edificios se resquebrajaban y se derrumbaban. En ese momento la vida útil de los objetos ya ni siquiera alcanzaba las veinticuatro horas y las cucharas se derretían en dos o tres horas. El relato prosigue:

Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: “Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!”.

El cuento termina con el protagonista escondido y en soledad tomando dos ramas para “comenzar todo de nuevo” y volver a encender “por primera vez” el fuego; un protagonista sentado sobre los escombros de una civilización que supo ser próspera y se fagocitó a sí misma por llevar hasta el paroxismo un sistema que le inculcó al Hombre que su esencia era trabajar y, su destino, consumir.